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«No, esto es legal. Palabra», sonreí.

Mi salida fue lo bastante buena para infundirle confianza a Gary. Adoptando una expresión de ultrajada inocencia dijo: «Ahí lo tienes. De buena tinta, nena.»

Gary subió a mear. Marge sacudió la cabeza y bajó la voz. «Me preocupa, Jock. Está tan susceptible últimamente…»

«Se preocupa por ti y por la niña, Marge. Gal es así; es un aprensivo. Es su naturaleza.»

Todos somos unos jodidos aprensivos.

«¿Estás listo o qué?» Gary asomó la cabeza por la puerta.

Nos marchamos para el Tanners. Yo me dirigí a la habitación del fondo y Gary me siguió con dos pintas de best.1 Las depositó con mimo y precisión sobre la mesa brillante. Miró las pintas y dijo suavemente, sacudiendo la cabeza: «El problema no es Whitworth.»

«Para mí sí que es un puto problema. Un puto problema por valor de dos de los grandes.»

«No me sigues, Jock. Él no es el problema, ¿no te das cuenta? Eres tú», dijo señalándome rígidamente con el dedo extendido, «y yo», golpeando fuertemente con el dedo sobre su pecho. «Estos putos burros. Ya podemos olvidarnos de esa pasta, Jock.»

«Y una mierda…»

«Whitworth nos va a vacilar, nos va a dar largas, y va a pasar de nosotros hasta que nos callemos como dos buenos chicos», sonrió tétricamente, mientras su voz resonaba fría e implacablemente. «No nos toma en serio, Jock.»

«¿Entonces qué me estás diciendo, Gal?»

«Que o nos olvidamos, o le obligamos a tomarnos en serio.»

Dejé que sus palabras juguetearan en mi cabeza, calibrando y volviendo a calibrar sus consecuencias, unas consecuencias que en realidad había reconocido de inmediato.

1. Best bitter, variedad de cerveza característica de las Midlands inglesas. (N. del T.)

«¿Qué hacemos, entonces?»

Gary respiró hondo. Era extraño que ahora estuviese tan tranquilo y sensato, en contraste con el estado de crispación que había mostrado durante la comida. «Le enseñamos al muy cerdo a tomarnos en serio. Le damos una buena lección. Le enseñamos a tener un poco de respeto, ¿vale?»

La manera de hacerlo Gary la dejó clara como el agua. Cogeríamos algo de chatarra e iríamos dando un paseo en coche hasta el piso de Whitworth en Haggerston. A continuación le sacaríamos a hostias siete clases distintas de mierda en la puerta de su casa y fijaríamos una fecha tope para la devolución del dinero que nos debía.

Sopesé aquella estrategia. Desde luego, no había ninguna posibilidad de resolver el asunto legalmente. La presión moral y emocional no había dado frutos, y Gary tenía razón, de hecho había dejado en entredicho nuestra credibilidad. Se trataba de nuestro dinero, y a Whitworth le habíamos dado todas las oportunidades de devolverlo. Pero yo estaba asustado. Estábamos a punto de abrir una fea caja de Pandora y tuve la impresión de que los acontecimientos empezaban a escapárseme de las manos. Tuve una visión de los Scrubs,1 o peor aún, de chanclas de hormigón y un bañito en el Támesis, o alguna variante sobre el cliché que en realidad venía a ser más o menos lo mismo. Whitworth no representaría ningún problema en sí mismo, era todo fachada; un bocas, pero no era hombre de violencia. La cuestión era: ¿tenía buenas conexiones? Pronto lo averiguaríamos. No había vuelta de hoja. De cualquier forma, perdería yo. Si no seguía adelante, perdería credibilidad ante Gary, y yo le necesitaba más que él a mí. Lo más importante, alguien se quedaría con mi dinero y yo me quedaría pelado y con la autoestima bajo mínimos por haber capitulado tan dócilmente.