Miré a Don, sentado frente a mí. El coche pasó como una exhalación por delante de la comisaría de Lower Clapton Road, y después por delante de la de Dalston. Nosotros íbamos a la de Stoke Newington. Una comisaría renombrada. El nombre que teníamos en la cabeza Don y yo era, casi con toda certeza, el de Earl Barratt.
En la comisaría me pidieron que me vaciase los bolsillos. Lo hice, pero se me cayó al suelo un juego de llaves. Me agaché para recogerlas y la bufanda tocó el suelo. Un poli la pisó y me dejó inmovilizado en el sitio, impotente, doblado, incapaz de levantar la cabeza.
«¡Levántate!», soltó otro.
«Estás pisándome la bufanda.»
«¡Que levantes tu puto culo de yonqui asqueroso de una vez!»
«¡No puedo moverme, joder, me estás pisando la bufanda!»
«Ya te daré yo puta bufanda, pedazo de Jock cabrón.» Me dio una patada o un puñetazo en el costado y caí sobre el suelo, plegándome como una tumbona, más por el shock que por la fuerza del golpe.
«¡Levántate! ¡Levántate de una puta vez!»
Me puse en pie tambaleándome, la sangre me subió a la cabeza, y me llevaron a rastras a un cuarto de interrogatorios. Tenía una sensación confusa en el cerebro cuando empezaron a ladrar preguntas. Logré mascullar algunas débiles respuestas antes de que me arrojaran al calabozo de los borrachos. Era una gran habitación con baldosas blancas y bancos adosados y una colección de colchones de gomaespuma y vinilo en el suelo. Estaba lleno de privosos, manguis y camellos de canna-bis. Reconocí a un par de tíos negros del Line, en Sandring-ham Road. Intenté evitar que nuestras miradas se cruzasen. Allí los camellos odian a los picotas. Los cerdos racistas les montan una bronca pidiéndoles jaco cuando ellos sólo trapichean con costo.
Afortunadamente, desvían su atención de mí cuando dos fornidos tíos blancos, uno de ellos con un marcado acento irlandés, empiezan a inflar a patadas a un travestí con una sola oreja. Cuando creyeron que ya le habían dado bastante, empezaron a mearse sobre su figura postrada.
Parece que lleve siglos allí, y estoy cada vez más chungo y cada vez más desesperado. Entonces arrojan dentro a Don, chungo y maltrecho. El poli que le ha traído a empujones ve que al chico de una sola oreja que está tendido en el suelo le han dado un repaso acojonante, pero se limita a sacudir la ca-
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beza con desprecio y corre el cerrojo de la puerta. Don se sienta a mi lado en el banco, con la cabeza entre las manos. AI principio me fijo en la sangre que tiene en las manos, pero después veo que procede de la nariz y de la boca, que están muy hinchadas. Era evidente que había resbalado con algo y se había caído por unas escaleras. Eso solía ocurrirle a la clientela negra en la comisaría de Stokie. Como a Earl Barratt. Don está temblando. Me decido a hablar.
«Ya te digo, tío, estoy un pelín decepcionado con el sistema de justicia criminal de este país, al menos tal y como se administra aquí en Stokie.»