2. Pronunciación jamaicana de man («hombre»/«tío»). (JV. del T.)
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ANDS OFF DE BLACK YUTE1
Me volví hacia Ange y me escabullí, temblando, lejos de allí, mientras me llegaban a los oídos algunos insultos y amenazas. Durante un rato pensé que nos seguían. Nos alejamos en silencio y no hablamos hasta que llegamos a la estación de Dalston Kingsland. Paranoia City.
«¿Adonde vas?», preguntó Ange.
«Voy a coger el cercanías, la línea North London a casa de un colega de Kentish Town que se llama Albie. Voy a apañarme con esta mandanga porcina, y de ahí me voy para el Bush. Allí son civilizados, ¿sabes? Ya estoy hasta los cojones de Hackney, es peor que aquello. Demasiada estrechez mental. Demasiados cabrones santurrones y entrometidos. El aislamiento, ése es el problema que tiene. No tiene metro. No hay suficiente contacto social con el resto de Londres. Una puta zona de estancamiento urbano.»
Estaba despotricando. Chungo y despotricando.
«Tengo que ir contigo. El piso estará jodido. A estas alturas ya le habrán pegado fuego. Los cerdos no quisieron molestarse en cerrar la puerta.»
No quería llevar a Ange a remolque, tenía un terrible virus de la mala suerte. Normalmente, el virus de la mala suerte se transmite por contacto estrecho con quienes lo padecen habi-tualmente. No obstante, no pude decir nada cuando el tren se detuvo y subimos a él, sentándonos el uno frente al otro en un silencio chungo y opresivo.
Mientras el tren arrancaba le eché una mirada furtiva. Espero que no pretenda que me acueste con ella. En este momento el sexo no me va. Quizá Albie estaría dispuesto, si ella quisiera. Era un pensamiento perturbador, pero sólo porque pensar en cualquier cuestión ajena me perturbaba. De todos modos pronto estaría libre de todo; libre de su quejumbrosa persistencia, pensé, manoseando el paquete que llevaba en el bolsillo del pantalón.
1. Hands off the Black Youth («Fuera las manos de la juventud negra»), de nuevo, imitando el habla jamaicana. (N. del T.)
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VAT ‘961
Fiona llevaba una temporada indecentemente larga incordiando a Valerie para invitarnos a cenar a su casa y la de Keith. Dejamos correr las cosas, como hace la gente, pero finalmente nos dio vergüenza seguir poniendo excusas; de hecho parecía menos incordiante fijar una fecha y pasarnos por su casa una tarde.
Encontramos a Fiona animadísima. Había conseguido un ascenso en su trabajo en una aseguradora de corporaciones, vendiendo pólizas a grandes compañías. Vender pólizas a ese nivel es un noventa por ciento de relaciones públicas, lo cual, a su vez, como cualquier relaciones públicas indiscreto te dirá, es un noventa y cinco por ciento de hospitalidad y un cinco por ciento de información. El problema que tenía Fiona, como mucha gente entregada a su profesión, es que era incapaz de apagar el interruptor de su rol ocupacional y podía por consiguiente ser aplastantemente aburrida.
«¡Adelante! ¡Qué maravilloso veros! ¡Cielos! ¡Un traje precioso, Val! ¿Dónde lo has comprado? Crawford, te veo muy ancho. Pero te sienta bien. ¿Ha estado haciendo pesas, Val? ¿Has hecho pesas, Crawford? ¡Tenéis un aspecto espléndido, los dos! Voy a por las bebidas. Vodka con tónica para ti, Val, sentaos, sentaos, quiero que me contéis todas vuestras aventuras, todo, cielos, si tendré yo cosas que contaros… Supongo que querrás un Jack Daniels, Crawford.»