Montó su escuálido cuerpo, hallándose incómodo al principio sobre su huesuda angulosidad. Tenía una expresión helada; los ojos nublados por los opiáceos o la apatía. Smith veía reflejado su propio semblante en el de ella. Se abrió paso entre su aridez a base de breves punzadas, los dos haciendo rechinar los dientes de dolor y concentrándose hasta que los flujos de ella empezaron a manar. Smith encontró cierta cadencia y empezó a bombear mecánicamente, preguntándose todo el rato por qué lo hacía. Ella se movió junto a él, aburrida y de mala gana. Pasaron los minutos; Smith continuó implacablemente con su actividad. Transcurrido cierto lapso, Smith supo que nunca se correría. Su pene parecía endurecerse cada vez más pero al mismo tiempo experimentaba un creciente entumecimiento. Expresiones de sobresalto, después de rechazo y finalmente de incredulidad se apoderaron de la mujer cuando un exigente anhelo dentro de su cuerpo obligó a su mente a unirse con desgana a él en la persecución del orgasmo.
Después que ella se corriera, luchando por mantener su silencio, él se detuvo, todavía duro y erecto. Se retiró, y llegó hasta el bolsillo de su chaqueta, de donde extrajo algunos billetes y le pagó. Ella se sentía confusa y vulnerable; fracasada
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en lo único que había sido capaz de hacer con éxito. Se vistió y se marchó avergonzada, incapaz de mirarle a los ojos.
«Gracias, pues», dijo Smith, mientras ella salía al pasillo.
«Gilipollas. Puto gilipollas», le espetó ella por respuesta.
Por su parte, él no tenía nada más que decir.
Algunos días después de este incidente tuvo lugar un acontecimiento muchísimo más relevante. Smith llegó a la oficina silbando. Aquello constituía una demostración de extraversión, teniendo en cuenta sus cánones de conducta normales, y sus compañeros de trabajo tomaron nota.
«Pareces satisfecho, Ian», observó Mike Flynn.
«Acabo de comprarme una nueva cámara de vídeo», declaró Smith, añadiendo a continuación, con indecorosa presunción: «Lo último en su clase.»
«Cristo, ahora no habrá forma de detenerte, ¿eh, Ian? ¡Hollywood, allá vamos! Oye, a ver si conseguimos que Yvonne protagonice una película porno. Tú diriges, yo produzco.»
Yvonne Lumsden les echó una mirada amarga. Había rechazado recientemente torpes insinuaciones de un Mike beodo una noche que salieron y le preocupaba que pudieran estar confabulándose contra ella -desairados al verse rechazados-regresando a la adolescencia, como tenían tendencia a hacer algunos hombres.
Mike se volvió hacia Smith y dijo: «No, será mejor que dejemos a Yvonne al margen de esto. Queremos que sea un éxito de taquilla, después de todo.» Ella le tiró una goma de borrar, que rebotó contra su frente, causándole mayor alarma de la que dejó ver. Alistair, el flaco y anémico supervisor, les miró con una expresión de malhumor diseñada para constatar su oposición a aquella payasada. A él le gustaba que las cosas estuviesen en el estado al que constantemente hacía referencia como «en orden».
«Alistair puede ser el galán», susurró Mike, pero la expresión de Smith había vuelto a su estado normal: todo un despliegue de indiferencia.