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Y ésa era la verdad, pero quizá no toda. No podía dar con Chrissie. No se pueden imponer sentimientos donde no los hay. Pero para mí las cosas estaban cambiando. Me sentía más fuerte física y mentalmente, más dispuesto a abrirme a los demás, listo para desprenderme de mi inexpugnable coraza de amargura. Sólo necesitaba la persona adecuada.

Conseguí un empleo de recepcionista-portero-chico-para-todo en un pequeño hotel en el Damrak. El horario era largo y

1. Tiendas de consumo público de hachís y marihuana. (N. del T.)

poco regular y me sentaba en la recepción a ver la televisión o a leer, silenciando suavemente a los jóvenes huéspedes borrachos y fumados que se dejaban caer a cualquier hora. Durante el día comencé a asistir a clase de holandés.

Para alivio de Rab/Robbie, salí de su casa y me trasladé a una habitación en un hermoso apartamento en una casa del canal particularmente estrecha en Jordaan. La casa era nueva; había sido totalmente reconstruida debido al hundimiento del edificio anterior en el solar débil y arenoso de Amsterdam, pero fue edificada siguiendo el estilo tradicional de sus vecinas. Era sorprendentemente asequible.

Después de irme, Rab/Robbie volvió a parecerse al de antes. Era más amigable y sociable conmigo, quería que saliera a beber y fumar con él; a conocer a todos los amigos que había mantenido lejos de mí por preocupación, no fuera a ser que el yonqui ese los corrompiera. Eran típicos elementos años sesenta perdidos en el túnel del tiempo de Amsterdam, que fumaban mucho hachís y se cagaban de miedo con lo que ellos llamaban «drogas duras». Aunque yo no les aguantaba demasiado, estuvo bien volver a estar en pie de igualdad con Rab/ Robbie. Un sábado por la tarde estábamos fumados en el café Floyd y nos sentimos lo bastante cómodos para poner nuestras cartas sobre la mesa.

«Me alegro de verte centrado, tío», dijo él. «Estabas fatal cuando llegaste aquí.»

«Fue verdaderamente estupendo que me acogieras, Rab… Robbie, pero no fuiste un anfitrión muy amistoso, todo hay que decirlo. Menudo careto ponías cuando llegabas por la noche.»

Sonrió. «Comprendo lo que dices, tío. Supongo que te puse aún más tenso de lo que estabas. Es que alucinaba un poco, ¿sabes? Todo el día trabajando como un cabrón y llegas a casa y ahí está el capullo demacrado ese intentando dejar el caballo…, quiero decir, que pensaba y tal: ¿Qué te has echado encima, tío?»

«Ya, supongo que abusé de tu confianza, y fui un poco sanguijuela.»

«Nah, tan malo no fuiste, tío», dijo cediendo, todo meloso. «Estaba demasiado crispado y eso. Es que, ya sabes, soy de esos que necesitan su propio espacio, ¿sabes?»

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«Lo comprendo, tío», dije, tragándome un gran trozo de tarta espacial, y a continuación sonreí con vehemencia. «Capto las vibraciones cósmicas que emites, tío.»

Rab/Robbie sonrió y le dio una profunda calada a un peta. El polen estaba muy dulce. «Sabes, tío, me pillaste en un plan muy gilipollas. Toda esa mierda de Robbie. Llámame igual que siempre, como en Escocia. Como en Tollcross. Rab. Ése soy yo. Ése seré siempre. Rab Doran. Rebeldes de Tollcross.1 T. C. R. Qué tiempos, ¿eh, tío?»