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En un sentido más amplio, más allá de la rutina del trabajo, de ver y de dormir, el tiempo se había convertido en algo insignificante para Smith. Las semanas y los meses que pasaban volando no podían ser definidos por cambios o acontecimientos en su vida. Tenía un control casi absoluto sobre el estrecho proceso que imponía a su existencia.
A veces, sin embargo, Smith perdía el hilo de la película y se veía forzado a contemplar su vida. Le sucedió durante Mad Max: Más allá de la Cúpula del Trueno. La película resultó decepcionante. Las dos primeras producciones Max se convirtieron en un par de clásicos de culto de bajo presupuesto. La continuación fue un intento de darle a Max el toque Hollywood. Luchaba por retener la atención de Smith, cuya intensidad siempre decrecía a medida que avanzaba la noche. Pero tenía que verla; era otra tachadura en su libro y ya no quedaban muchas. Aquella noche estaba cansado. Aunque era cualquier cosa menos reflexivo, cuando Smith estaba cansado, los pensamientos que normalmente reprimía podían desbordarse y alcanzar el ámbito de la actividad cerebral consciente.
Su esposa le había dejado hacía casi un año. Smith estaba sentado en su sillón, intentando permitirse sentir la pérdida, el dolor, pero de algún modo no podía. No podía sentir nada, salvo una tenue sensación de incómoda culpabilidad ante el hecho de no sentir nada. Pensó en su cara, en tener relaciones sexuales con ella, y se excitó y logró correrse con una mínima masturbación, pero no sintió nada aparte de la consiguiente disminución de la tensión. Su esposa no parecía existir más allá de una imagen fugaz en su mente, imposible de distinguir de aquellas con las que se aliviaba en las películas más pornográficas que alquilaba. Nunca había llegado al orgasmo tan fácilmente estando efectivamente con ella.
Ian Smith volvió a centrar su atención sobre la película. Algo en su mente parecía clausurar siempre el hilo de los pensamientos antes de que pudiese incomodarle; una especie de control de calidad psíquico.
A Smith no le gustaba hablar de su hobby en el trabajo; después de todo, no le gustaba conversar. Un día en la oficina, sin embargo, Mike Flynn le pilló subrayando compulsi-
vamente su Halliwell’s e hizo un comentario que Smith no percibió del todo, aunque sí captó las risas burlonas de sus colegas. Espoleado, se encontró, sorprendentemente, enrollándose de modo poco típico en él, casi sin control, sobre su pasión y el alcance de la misma.
«Deben gustarte los vídeos», dijo Yvonne Lumsden, arqueando sugerentemente las cejas.
«Siempre me ha gustado el cine», se encogió de hombros Smith.
«Dime, Ian», le preguntó Mike, «¿qué vas a hacer cuando hayas visto todas las películas de la lista? ¿Qué pasará cuando las hayas tachado todas?»
Esas palabras golpearon a Smith en mitad del pecho. No podía pensar con claridad. El corazón le palpitó con fuerza.
¿Qué pasará cuando las hayas tachado todas?
Julie le había dejado porque se aburría con él. Se fue a recorrer Europa a dedo con una amiga promiscua por la que Smith sentía cierto resentimiento al considerarla un factor contributivo en la ruptura de su matrimonio. Su único consuelo eran las alabanzas de Julie hacia sus proezas sexuales. Aunque a él siempre le resultó difícil llegar al orgasmo con alguien, ella tenía orgasmo tras orgasmo, frecuentemente a su pesar. Inmediatamente después, Julie se sentía una inepta, preocupada por su incapacidad para dar a su marido aquel placer último. La inseguridad venció al raciocinio, obligándola a mirar dentro de sí; no se paró a ponderar la simple evidencia de que el hombre con el que se había casado era una aberración en términos de sexualidad masculina. «¿Te has quedado bien?», le preguntaba ella.