Ése era el caso, desde luego. Habían discutido el uno con el otro a lo largo de los años; en los bares, en conferencias y en letra impresa en las revistas de filosofía. Habían empezado como estudiantes de filosofía en la Universidad de Cambridge, estableciendo unos lazos de amistad basados en la bebida y la seducción de mujeres; esto último, por lo general, se les daba peor que lo primero.
Los dos nadaban contra la corriente ideológica de la cultura de su país. El escocés Gus McGlone apoyaba al Partido Conservador. Se consideraba a sí mismo un liberal clásico, un
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descendiente de Hume y Ferguson, aunque los economistas clásicos, incluso Adam Smith y sus discípulos ulteriores con ínfulas filosóficas, como Hayek y Friedman, le parecían un poco blandengues. Su verdadero héroe era Karl Popper, de quien había sido alumno de posgrado en Londres. Como seguidor de las teorías de Popper, era hostil a lo que él consideraba las teorías deterministas del marxismo y el freudismo y lo que veía como los dogmas concomitantes de sus discípulos.
El americano Lou Ornstein, un judío natural de Chicago, era un racionalista convencido, que creía en el materialismo dialéctico marxista. Su interés radicaba en la ciencia y las ideas científicas. Estaba muy influenciado por el concepto del filósofo Thomas Kuhn de que la exactitud de la ciencia pura no se impone necesariamente. Si unas ideas iban en contra del paradigma vigente, serían rechazadas por los intereses creados. Tales ideas, aun siendo quizá «verdades» científicas, raramente resultan reconocidas como tales hasta que la presión en favor del cambio se hace intolerable. Esto, sentía Ornstein, estaba en sintonía con su creencia política en la necesidad de un cambio social revolucionario.
Las carreras de Ornstein y McGlone habían discurrido paralelamente, mientras trabajaban juntos en Londres y después en Edimburgo y Glasgow, respectivamente. McGlone obtuvo una cátedra unos ocho meses antes que Ornstein. Eso molestó al americano, que consideraba que la ascensión de su amigo se debía a que sus ideas estaban políticamente de moda bajo el paradigma Thatcher. Ornstein se consoló tomando nota de que su historial de publicaciones era más amplio.
El natural antagonismo político de los dos hombres se centraba alrededor de un famoso debate entre Kuhn y Popper. Popper, que se había consagrado como un gran filósofo atacando los enfoques de los gigantes decimonónicos Sigmund Freud y Karl Marx, y lo que él consideraba el partidismo asociado a sus ideologías, se mostró más bien poco moderado cuando sus opiniones acerca del progreso científico fueron atacadas por Thomas Kuhn en su obra fundacional La lógica de los descubrimientos científicos.
Pero en una cosa estaban de acuerdo tanto Ornstein como
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McGlone: la polémica, que era su pan de cada día, siempre desbordaba el campo profesional para alcanzar el personal. Intentaron todo tipo de soluciones para romper aquella pauta, pero nada era capaz de impedir la reaparición de aquel tema agotador. En un par de ocasiones, los dos amigos, exasperados y borrachos, casi habían llegado a las manos.