Back The Acid House

No obstante, la atmósfera empezó a enrarecerse conforme los jóvenes se emborrachaban y cargaban las pilas ante la perspectiva del partido de fútbol. Un abotargado joven que vestía una elástica azul intervino en la discusión. Tenía un aire netamente amenazador que desconcertó a los dos filósofos. «¿Sabéis lo que os digo, cabrones? Habéis venido aquí con toda vuestra mierda, tratando al viejo colega de mi padre, el viejo Tommy, como si fuera un puto mono.»

«Es buena gente, es buena gente», dijo el viejo Tommy, pero hablaba para sí mismo, como en un suave mantra de borracho.

«No ha sido así», dijo McGlone con voz trémula.

«¡Tú! ¡Calla la boca!», dijo con desprecio el gordo. «Venís aquí con todas vuestras bobas disputillas, y ni así os podéis poner de acuerdo. Sólo hay una manera de resolver esta diferencia: vosotros dos en una pelea limpia ahí fuera.»

«Ridículo», dijo McGlone, preocupado por el cambio de vibraciones.

Ornstein se encogió de hombros. Se daba cuenta de que hacía siglos que una parte de él quería pegar un puñetazo en la cara presumida de McGlone. Había habido una chica, en Mag-dalen College. McGlone sabía lo que él sentía por ella pero aun así…, maldita sea su estampa…

El joven gordo consideró el encogimiento de hombros de Ornstein como una señal de aquiescencia. «¡Pelea limpia al canto, pues!»

«Pero…» Agarraron a McGlone y lo pusieron en pie. Lo llevaron junto con Ornstein a un aparcamiento desierto en la parte de atrás de un centro comercial. Los jóvenes de azul formaron un círculo alrededor de los dos filósofos.

McGlone estaba a punto de hablar, de hacer un llamamiento en favor del comportamiento racional y civilizado, pero para su propia estupefacción vio al profesor de Metafísica de la Universidad de Edimburgo avanzando hacia él. Ornstein asestó el primer golpe, un enérgico directo a la barbilla de McGlone. «¡Venga, tontolculo!», rugió, adoptando una guardia de boxeo.

McGlone sintió un acceso de rabia y lanzó sin tiento un puñetazo hacia su amigo, y un instante después los dos filósofos estaban atizándose mutuamente, animados por la creciente masa que componía el corro de la turba de Ibrox.

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Ornstein no tardó en dominar. El golpe decisivo fue un potente puñetazo en el estómago del liberal clásico, que le hizo doblarse. Entonces Ornstein golpeó al catedrático de Glasgow en un lado de la mandíbula. Gus McGlone se tambaleó hacia atrás como consecuencia del golpe, perdiendo pie. Su cabeza golpeó los adoquines con un crujido hueco tan desagradable que hacía pensar que la muerte en el acto habría sido preferible a la perniciosa gama de posibilidades que quedaban justamente a este lado de ella. El materialista de Chicago, azuzado por la multitud, pateó al liberal clásico caído.