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1. Vat significa cuba o tinaja y VAT ‘69 es el nombre de una marca de whisky. (N. del T.)

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«Eh, una lata de cerveza estaría muy bien.»

«Ay, cerveza. Ay. Lo siento. Cielos. La cerveza se nos ha acabado. Ay, Dios. ¡Crawford y su cerveza!»

Después de haber armado semejante revuelo, me reprendió por el pecado capital de pedir una cerveza. Me conformé con un Jack Daniels, que Fiona había traído especialmente para mí.

«Ay, Val, cielos, te tengo que hablar del tío tan extraordinario que he conocido…», empezó Fiona, antes de reparar en nuestra sorpresa e incomodidad.

Realmente, no hacía falta que dijésemos: ¿Dónde está Keith?, pues nuestros ojos debieron de hablar por sí solos.

«Cielos, no sé muy bien cómo deciros esto. Me temo que hay noticias bastante malas en cuanto a Keithy-weithy-woo». Cruzó la amplia habitación y levantó la cubierta de un tanque de vidrio que estaba apoyado contra la pared. Encendió una luz a un lado del tanque y dijo: «¡Despierta, despierta, han venido Valerie y Crawford!»

Al principio pensé que se trataba de una pecera, que Keith se había dado el piro y que Fiona, hecha polvo, había transferido sus energías emocionales a un animal doméstico en forma de pez tropical. Mirándolo retrospectivamente, reconozco que era una idea poco sólida.

Entonces advertí que dentro del tanque había una cabeza. Una cabeza humana, sin cuerpo, decapitada. Además, la cabeza parecía estar viva. Me aproximé más. Los ojos que había en la cabeza se movían. El pelo estaba desparramado a su alrededor, como el de la Medusa, ingrávido por el fluido amarillo y acuoso en el que estaba sumergido. Varias tuberías, tubos y cables penetraban en la cabeza, principalmente a la altura del cuello, pero también en otros puntos. Debajo del tanque había un panel de control, con esferas, interruptores y luces.

«Keith…», balbuceé.

La cabeza me guiñó un ojo.

«No esperes demasiada conversación», dijo Fiona. Bajó la vista hacia el tanque: «Pobrecito mío. No puede hablar. No tiene pulmones, sabes.» Le dio un beso al tanque, y a continuación hizo aspavientos por la mancha de pintalabios que había dejado.

«¿Qué le ha pasado?» Valerie dio un paso adelante y dos pasos atrás.

«Esta máquina le mantiene vivo. Maravillosa, ¿no? Nos costó cuatrocientas treinta y dos mil libras.» Pronunció la cifra rimbombantemente, con deliberada e intrigante dilación y conmoción fingida. «Lo sé, lo sé», prosiguió, «os preguntaréis cómo podemos permitírnoslo.»

«De hecho», dije gélidamente, «nos preguntábamos qué le ha pasado a Keith.»

«¡Ay, cielos, sí, cuánto lo siento! Ha debido ser un golpe horrible para vosotros. Keith iba a toda pastilla por la M25 en dirección a Guildford cuando el Porsche se salió de la carretera. Un reventón. Al parecer, el coche atravesó dos carriles, la mediana y fue a parar frente al tráfico que venía en dirección contraria. Así que se produjo un choque frontal con un enorme camión con remolque; el Porsche quedó completamente destrozado, como cabría esperar. Casi acaba con Keith, bueno en cierto sentido lo hizo. Pobre Keithy-weithy-woo.» Bajó la vista hasta el tanque, con una expresión ligeramente tirante y triste por vez primera.