Lo único que había en casa de John Deaf era una silla en la que se sentaba su abuelo, arrinconada en la esquina del cuarto de estar. Había una caja con una tele encima. El viejo capullo se pasaba allí todo el día y toda la noche viendo la tele. Siempre tenía montones de botellas y latas a los pies. El viejo mamón debía de dormir en aquella silla, porque sólo había un colchón en la casa, y estaba en el cuarto de John Deaf. No había camas ni nada de eso.
Lo único que había en la casa eran ratones blancos. Un montón, correteando por todas partes. Los compró en Dofo’s Pet Shop, se los llevó a casa y los soltó sin más. Iba a Dofo’s todos los sábados. Cuando se dieron cuenta de lo que estaba haciendo el cabrón, le mandaron a paseo. Pero sólo tuvo que darnos el dinero para que entráramos y pilláramos los ratones.
Así que los ratones correteaban por allí en libertad. No hacían más que multiplicarse, corriendo a toda prisa por encima de las baldosas negras. A veces les hacía daño. Algunos murieron aplastados, y a uno le di una patada y tenía rotas las dos pa-
1. Deaf significa «sordo» en inglés. (N. del T.)
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tas de atrás. Se arrastraba por el suelo con las patas de delante. Nos reíamos de él que te cagas. Ése, no obstante, ése era el favorito de John Deaf. Podías pisotear a cualquiera de aquellos cabritos, pero a ése no te dejaba ni tocarlo.
A John Deaf no le llamábamos John Deaf porque fuera sordomudo. Lo era, pero ése no era el motivo principal. Era porque había un John Hyslop y un Johnny Patterson y así no los confundíamos. Ése era el principal motivo. Lo único que podía decir John Deaf era su nombre, y que era sordo. Cuando vino a vivir al barrio, en el bloque de Rab, te acercabas a él y le decías: ¿Cómo te llamas, colega? y él decía: John. Entonces le decías algo más pero no hacía más que tocarse la oreja y decir: Deaf.
Así que se quedó con John Deaf.
Todo dios le conocía por John Deaf. El tío que nos daba fútbol en Sporting Pilton decía: Quiero que John Deaf juegue de extremo. Quiero que le paséis la pelota a John Deaf. No lo olvidéis, pasadle la pelota a John Deaf, nos decía. Nadie podía correr como John Deaf. Era fortísimo, además. Se rebotaba que te cagas si algún capullo le hacía una entrada perra por detrás, pero ésa era la única manera de detener a John Deaf. La fuerza y la velocidad de aquel cabrón no eran de este mundo, como lo oyes.