Sí, mi madre tenía razón. Es vulgar, dijo mamá. Y no sólo porque era una Doyle. Era su manera de beber; no lo hacía como una chica, pensaba mamá. Eso sí, a mí me gustaba. Me gustaba al principio, hasta que me dieron el finiquito y empezó a escasear la guita. Entonces sí que fue difícil salir adelante. Entonces llegó la cría. En ese momento su afición a la bebida se convirtió en un dolor absoluto; un puto dolor de cabeza total.
Siempre se reía de mí a mis espaldas. Veía de reojo su retorcida sonrisa cuando pensaba que no la miraba. Eso ocurría cuando estaba con sus hermanas. Las tres se echaban a reír cuando jugaba a las tragaperras o al billar. Yo sentía sus miradas. Después de un tiempo, dejaron de hacer como que no se reían.
Nunca se me dio bien la cría; quiero decir cuando era pequeña y tal. Parecía adueñarse de todo; tanto ruido en una cosa tan pequeña. Así que supongo que entonces empecé a sa-
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lir mucho. Quizá en parte fuera culpa mía, no digo que no. Pero a ella también le pasaba algo. Como la vez que le di aquel dinero.
Estaba pelada, así que le doy veinte billetes y le digo: Tú sal por ahí, muñeca, y disfruta. Sal con tus colegas. Me acuerdo muy bien de aquella noche porque va y se arregla como si fuera una puta. Maquillaje, montones de maquillaje, y aquel vestido. Le pregunté adonde iba así vestida. Se quedó de pie, sonriéndome. Adonde, digo. Querías que saliera, pues voy a salir, joder, me cuenta. Pero ¿adonde?, le pregunté. Quiero decir, tenía derecho a saberlo. Se limitó a ignorarme, a ignorarme y a marcharse, riéndose en mi cara como una puta hiena.
Cuando volvió iba llena de chupones. Le eché una mirada al bolso cuando estaba en el retrete echando una larga meada de bolinga. Cuarenta libras tenía. Yo le di veinte y al volver tiene cuarenta putas libras en el bolso. Me volví loco que te cagas. Voy y digo: ¿Esto qué es, eh? No hizo más que reírseme. Yo quería comprobarle el chocho, a ver si se la habían follado. Empezó a gritar y a decir que si la tocaba, vendrían sus hermanos. Se les va la olla, a los Doyle, no hay menda en el barrio que no lo sepa. A mí se me tuvo que ir también, a decir verdad, para haberme liado jamás con una Doyle. Eres un blandengue, hijo, me dijo una vez mamá. Esa gente lo ve. Saben que eres trabajador, saben que para ellos eres presa fácil.
Lo curioso es que los Doyle pueden hacer lo que quieran, pero yo pensaba que si me emparentaba con ellos también podría hacer lo que quisiera. Y durante un tiempo fue así. Ningún cabrón se metía conmigo; lo tenía bien montado. Entonces empezaron a sangrarme; me gorroneaban pitillos, copas, pasta. Después me tuvieron, o más bien el cabrón de Alee Doyle me tuvo, guardándole cosas. Drogas. No era hachís ni nada de eso; hablamos de caballo.