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«Debe ser usted el hombre más en forma que hay en este barco», me dice el monitor. Me limito a sonreír. No quiero darle conversación a ese tipo. Un tío raro, ya me entiendes. No es que tenga nada en contra de ellos, vive y deja vivir y todo eso, pero ahora mismo no quiero hablar con nadie, mucho menos con un bendito mariquita.

«Siempre está usted aquí», insiste, asintiendo brevemente en dirección a un hombre gordo y resollante de cara colorada que monta en una bicicleta estática. «¿Es usted el señor Banks?»

«Excelentes instalaciones», le contesto secamente, inspeccionando las pesas que están libres y cogiendo dos mancuernas.

Afortunadamente el monitorcillo se ha fijado en una obesa dama vestida con mallas escarlatas que intenta hacer abdominales. «¡No, no, no, señora Coxton! ¡Así no! Está usted sobrecargándose excesivamente la espalda. Siéntese más arriba y doble esas rodillas. En cuarenta y cinco grados. De maravilla. Y uno… y dos…»

Cojo un par de platos de la mancuerna y los meto subrepticiamente en mi bolsa de deportes. Ejecuto los movimientos, pero no me hace falta el ejercicio. Estoy sobradamente en forma. Joan siempre decía que tenía buen cuerpo; fibroso, solía decir. Eso es lo que te aporta toda una vida en la construcción, si le añades buenas costumbres. He de confesar que tengo una pequeña panza, pues me he abandonado desde lo de Joan. No parecía tener sentido ya. Ahora, desde la jubilación, bebo más que nunca en la vida. Bueno, nunca me aficioné al golf.

De vuelta en el camarote me echo y me dejo llevar a ese reino que está entre la reflexión y el sueño, pensando en Joan. Fue una mujer tan maravillosa y decente, todo lo que cabría esperar en una esposa y madre.

¿Por qué, Joan? ¿Por qué, cariño, por qué? Éstos podrían

haber sido los mejores años de nuestra vida. Paul está en la universidad, Sally en la residencia de enfermeras. Por fin abandonaron el nido, Joan. Podría haber sido todo nuestro. Cómo lo encajaron, Joan, te honraron ambos. Nos hicieron honor a los dos. ¿Yo? Pues morí contigo, Joanie. No soy más que un bendito fantasma.

No estoy dormido. Estoy despierto y hablando conmigo mismo y llorando. Diez años después de Joan.

Para cenar estoy solo en la mesa con Marianne Howells. Los Kennedy, Nick y Patsy, una pareja joven muy simpática y extrovertida, no se han presentado. Es una estratagema deliberada. Patsy Kennedy tiene gusto por la conspiración. Marianne y yo estamos a solas por vez primera durante el crucero. Marianne: soltera, aquí para olvidar su propia pérdida, la reciente muerte de su madre viuda.

«Así que te tengo todo para mí, Jim», dijo ella, de un modo demasiado guasón y autocensurador como para resultar coqueto. No hay duda alguna, sin embargo, de que Marianne es una mujer hermosa. Alguien debería haberse casado con una mujer así. Un desperdicio. No, vaya una forma tan espantosa de pensar. Ya está el viejo machista de Jim Banks dale que te pego otra vez. Quizá así fuese como Marianne quiso que fuera, quizá así le sacara a la vida lo mejor. Quizá si Joanie y yo no hubiésemos… No. El marisco, el marisco.