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A continuación quitó la cinta de vídeo e introdujo otra, Mad Max: Más allá de la Cúpula del Trueno. Pulsando el botón de fast-forward para dejar atrás los trailers, escrutó el rostro inexorablemente serio del disc jockey de Radio One que describía la clasificación de la película. Al hallar la entrada adecuada en el recentísimo pero ya muy desgastado número de Halliwell’s, Smith se sentía tentado de subrayarla ya, antes de ver la película. Resistió el impulso, estimando que lo razonable sería ver la película primero. Había tantas cosas que podían suceder para interrumpirte. Podía molestarte el teléfono o una llamada a la puerta. El vídeo podría estropearse y comerse la cinta. Podías ser abatido por un fulminante paro cardíaco. Para él, meditó, tales sucesos eran todos improbables, pero, aun así, se aferró a su superstición.

1. Se denomina así a aquellas películas pornográficas en las que muere realmente algún protagonista. (N. del T.)

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En la oficina donde trabajaba le llamaban el Niño del Vídeo, pero sólo a sus espaldas. No tenía verdaderos amigos y poseía esa clase de personalidad que se resiste a estrechar relaciones. No es que fuese desagradable o agresivo, muy al contrario. Ian Smith, el Niño del Vídeo, era sólo extremadamente reservado. Aunque llevaba cuatro años trabajando en el Departamento de Planificación del Ayuntamiento, la mayoría de sus colegas sabían poco de él. No alternaba con ellos, y el alcance de lo que revelaba sobre sí mismo era extremadamente limitado. Puesto que Smith no se interesaba por sus compañeros de trabajo, ellos hacían lo propio, y aquella persona tan discreta no les preocupaba tanto como para detectar en su silencio un matiz enigmático.

Todas las tardes Smith alquilaba entre dos y cuatro cintas de vídeo en la tienda por la que pasaba de camino a casa desde el trabajo. El número exacto de las que alquilaba dependía de lo que hubiera en la televisión, y como usuario de satélite tenía muchas opciones. Además, era socio de diversos clubs de vídeo especializados, que se dedicaban a las películas viejas, raras, extranjeras, de arte y ensayo y pornográficas que no podían obtenerse en las tiendas pero que venían en los listados de Halliwell’s. La pausa que tenía para comer la pasaba haciendo la programación de los visionados futuros, de la que no se desviaba jamás, una vez perfilada.

Aunque en ocasiones Ian Smith veía algunos culebrones y un poco de fútbol en Sky Sport, lo hacía sólo para matar el tiempo si no había nada satisfactorio en el Sky Movie Chan-nel, en el videoclub, o que hubiese llegado por correo. Siempre llevaba encima el último número de Halliwell’s Film Guide, del que tachaba religiosamente con un rotulador amarillo fluorescente todas las películas que había visto, dándoles además su propia puntuación en una escala del 0 al 10. Por añadidura, llevaba un cuaderno para apuntar cualquier oferta demasiado novedosa para haber llegado hasta la «biblia». Cada vez que salía un número de Halliwell’s, Smith tenía que transferir las cabeceras subrayadas al texto nuevo y tirar el viejo. A menudo sentía el impulso de pasar sus horas de comer realizando aquella banal tarea. Ya dejaba muy pocas películas sin subrayar.