pasión digo lo que siento, quiero que sepas que soy un hombre sensible y no me va el rollo troglodita, a una mujer la veo ante todo y primero como persona, si alguien me atrae no me corto y se lo digo, quizá no aporte demasiado al trabajo estos días, pero cuando se trata de relaciones, sobre todo físicamente, nunca he tenido problemas, sé que lo deseas, stephanie. ¿es esto lo que quieres? creo que tienes unas ganas tremendas, ¿qué te parece entonces? ¿es suficiente para ti? noté que lo estabas deseando desde el primer momento, tanto como yo… dios, qué piel tan suave tienes, stephanie… quiero follarte, stephanie… hagámoslo, nena… OHHH qué bien sienta, ay, dios, es tan hermoso, OH, MIERDA… estoy FOLLANDO, QUÉ BIEN… OH… OH… OH… OH…
Stephanie estaba tendida sobre la cama, desnuda, gozando de una breve sensación de satisfacción. Fue efímera; sabía que sentiría vaciarse su corazón y que pronto volvería a sentirse tensa y envilecida, su autoestima saltando por los bordes como las aguas de un embalse rebosante. Desenchufó el consolador, que estaba húmedo de sus descargas, y se obligó a levantarse de la cama e ir al cuarto de baño.
Frank miró la muñeca hinchable mientras perdía fuelle, la vagina de látex llena de su semen. Parecía disolverse al mismo tiempo que su erección. Sus genitales parecían un feo y ver-
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gonzante tumor; ajeno, exterior a él. Ahora la muñeca parecía exactamente lo que era: una lámina de plástico que se extendía a partir de una grotesca cabeza de maniquí.
Más tarde, aquella noche, Stephanie se cruzó con Frank en el pasillo. Ella iba a ver una película de arte y ensayo e iba a hacerlo sola. Él volvía de un chino con algo de comida. Se sonrojaron en señal de mutuo reconocimiento, y entonces él le sonrió dócilmente, y ella le devolvió tímidamente el saludo. Él se aclaró la garganta para hablar. «Está lloviendo fuera», musitó, cohibido.
«¿Sí?», respondió Stephanie con voz trémula.
«Con bastante fuerza», dijo Frank entre dientes.
Se quedaron frente a frente durante unos segundos atroces, sin saber qué decir. Entonces sonrieron con una tensa sincronía antes de que Frank se retirara a su habitación y Stephanie se marchara pasillo abajo. Perdidos de vista, ambos se contrajeron como tratando de detener el espasmo, aquel latido de dolor, repugnancia de sí mismos y vergüenza.
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LA MAMÁ DE LISA CONOCE A LA REINA MADRE
Me emocioné tanto cuando conocimos a la Reina Madre; ay, fue maravilloso. Lástima lo de la ofrenda que tenía que hacerle Lisa. Esa parte salió horrorosamente mal. Fue culpa de mi pequeña Lisa. Verá, no lo entendía. Siempre le he dicho a Lisa que diga la verdad: La verdad en todo momento, señorita, le digo. Bueno, ya no se sabe qué decirles hoy en día, ¿verdad?