Back The Acid House Save as PDF

A lo largo de los siguientes días, se aprovechó de su pérdida empleando el permiso especial para ver más vídeos. Apenas dormía, se quedaba despierto toda la noche y la mayor parte del día. En ocasiones, tomaba anfetaminas, que le había

pillado a su vecino Jimmy Quinn, a fin de mantenerse despierto. Su mente no gozaba de su habitual tranquilidad, sin embargo; entre cada uno de sus pensamientos conscientes parecían emparedarse imágenes de Julie. En ningún momento pensó en su madre; era como si nunca hubiese existido. Finalmente acabó habitando un área que abarcaba el pensamiento consciente, los sueños y la contemplación pasiva de la pantalla del televisor, pero en la que no resultaba fácil discernir los confines entre estos estados.

Resultó demasiado, incluso para Ian Smith. Al margen del trabajo, sus únicas excursiones fuera del piso consistían en fugaces visitas a los videoclubs. Un atardecer apagó el vídeo y se fue a dar una vuelta por Water of Leith, inquieto e incapaz de concentrarse en la ración de visionados de aquella tarde. Junto a la ribera ajardinada del río estancado una hilera de cerezos en flor desprendía un agradable aroma. Smith continuó paseando mientras el crepúsculo daba paso a la oscuridad. Sus pasos molestaron a un grupo de jóvenes encapuchados que bajaron el volumen de sus voces y le echaron miradas furtivas al principio y descaradamente amenazadoras después. Smith, ciego ante su presencia e inmerso en sus reflexiones, pasó de largo. Se cruzó con los borrachos resollantes de los bancos, cuyos gruñidos estentóreos atacaban a demonios rememorados o imaginados; las latas vacías de superlager; los vidrios rotos; los condones usados y las mierdas de perro. A cien metros de distancia un viejo puente de piedra se arqueaba tenebrosamente a lo largo de aquellas inmóviles y rancias aguas.

Había alguien de pie sobre el puente. Smith aceleró sus pasos, observando su silueta a medida que se hacía visible. Aproximándose a ella, se quedó quieto viéndola fumarse un cigarrillo. Su rostro cetrino se torcía hacia dentro al inhalar con fuerza. Tenía la extraña impresión de que el consumidor era el tabaco y la silueta el producto a consumir: ella se gastaba con cada calada. Pensándolo bien, meditó, esa impresión era totalmente acertada.

«¿Buscas rollo?», le preguntó ella, sin candor alguno en el tono de voz.

«Eh, sí, supongo», se encogió de hombros Smith. La verdad es que no lo sabía.

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Los ojos de ella hicieron un rápido recorrido descendente por el cuerpo de él y carraspeó rápidamente una breve lista de tarifas y condiciones. Smith asintió con la cabeza con la misma débil aquiescencia. Caminaron en silencio de vuelta a su piso, por una calle estrecha limitada por naves en desuso a un lado y una enorme pared de piedra al otro. Un coche rodó lentamente sobre los adoquines, deteniéndose ante la solitaria silueta de otra mujer, que, tras una breve conversación, desapareció en su interior.

En el piso de Smith fueron directamente al dormitorio y se desnudaron. El hedor a rancio de su aliento no le habría impedido besarla. Ella nunca se cepillaba los dientes porque odiaba que los hombres la besaran. Podían hacer cualquier cosa menos eso. Los besos eran lo único que le impedía olvidar lo que estaba haciendo, lo único que la obligaba a enfrentarse a la espantosa realidad. Smith, sin embargo, no tenía intención alguna de besarla.