El Cabeza-de-gorrión de la barra vuelve a la mesa. «¡No nos quieren servir!», le hace saber a su amigo.
«¡Eh! ¿Por qué no?»
Los Cabezas-de-gorrión se van a la otra punta de la barra para apelar a Ernie, el otro camarero de servicio. El Erudito Clásico era el camarero jefe, y aun cuando Ernie hubiese tenido el poder de invalidar su decisión, no habría querido hacerlo, pues también él disfrutaba viendo el malestar de los Cabezas-de-gorrión. «No soy yo quien decide, chicos», se encogió ante los atónitos picos y volvió a su conversación con los tipos que había en la barra.
El Erudito Clásico mira hacia las dos mujeres de la esquina. Sobre todo la mira a Ella; es más, es incapaz de apartar los ojos de esos labios lustrosos. Recuerda aquella mamada el día de Año Nuevo, había sido demasiado. Siempre había una tensión en su mente y en su cuerpo; era inherente al hecho de ser un erudito clásico en un mundo donde los clásicos estaban infravalorados. No se le reconocían la profundidad y amplitud de sus conocimientos. Se veía obligado a tirar pintas para Cabezas-de-gorrión. Lo cual le provocaba depresiones, ansiedad, tensión. Aquella mamada durante el Año Nuevo; aquello había vaciado de toda tensión su cuerpo hipertenso, sacado todos los
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pensamientos venenosos de su cabeza. Se había quedado tumbado un rato, sobre la cama en el guardarropa; simplemente echado, aturdido. Cuando se recuperó, ella se había marchado de la habitación. Fue a buscarla pero cuando se acercó a ella, se mostró fría y brusca.
«Aléjate de mí, por favor», le había dicho ella. «No me interesas. Estamos en Año Nuevo. Estoy un poco pedo. Entiéndelo, ha sido un desliz, ¿vale?»
Lo único que pudo hacer fue responder sacudiendo atolondradamente la cabeza, ir tambaleándose hasta la cocina y emborracharse.
Ahora Ella estaba en el bar con Ésa, una mujer con la que se había ido a casa antes; una mujer a la que se había follado. A él no le gustaba Ésa, pero pensar que había estado con las dos le hizo sentirse bien. Dos mujeres de menos de treinta años en el bar y él se había follado a las dos. Bueno, se había follado a una y le había sacado una mamada a la otra. Sin duda, un mero tecnicismo. Rebobinó: dos mujeres de menos de treinta años en el bar y su picha se había corrido en cada una de ellas dentro de un orificio diferente. Eso sonaba aún mejor. Pero su bienestar no duró mucho porque Ella miraba hacia él y se reía, las dos se reían. Ella se llevó las manos al pecho, colocando sus dedos índices a escasos centímetros de distancia. La otra mujer, Ésa, asintió negativamente mientras echaban otra mirada furtiva al Erudito Clásico, y entonces Ella juntó los dedos hasta que apenas había espacio entre ellos y Esa meneó la cabeza en señal de aprobación, antes de que ambas se derrumbaran entre estruendosas carcajadas.
El Erudito Clásico era un hombre demasiado sensible para que lo trataran de aquella manera. Entró en la pequeña habitación situada al final de la barra y cogió un viejo, duro y amarillo trozo de jabón del mugriento fregadero. Arrancó un trozo de pastilla de un bocado y, tras hacer una mueca debido al asqueroso sabor, tragó con fuerza. Le quemó durante todo el camino hasta el estómago, haciendo un recorrido lento y ponzoñoso. Se golpeó la palma con el puño, se estremeció de pies a cabeza y empezó a tararear un suave mantra: «Guarras guarras guarras guarras guarras…»