Chapters (0)
Sintió una leve congoja en el pecho durante el funeral; contrastaba con el estupefacto dolor de su hermano y la incrédula histeria desplegada por su hermana. El dolor de Smith alcanzó su punto álgido cuando recordó el amor que ella le había dado de niño. Sin embargo, imágenes de película se intercalaban constantemente entre aquellos recuerdos, anestesiando el dolor. Por mucho que lo intentara, Smith era incapaz de soportar aquellas reflexiones hasta el punto de que su patetismo pudiese herirle. En cuanto se presentó la oportunidad, se escabulló del funeral y se fue a casa, no sin pasar antes por dos tiendas de alquiler de vídeos, con el pecho re-tumbándole y la boca salivando de anticipación al poder tachar otro par de entradas de Halliwell’s. Estaba cada vez más cerca.
A lo largo de los siguientes días, se aprovechó de su pérdida empleando el permiso especial para ver más vídeos. Apenas dormía, se quedaba despierto toda la noche y la mayor parte del día. En ocasiones, tomaba anfetaminas, que le había
pillado a su vecino Jimmy Quinn, a fin de mantenerse despierto. Su mente no gozaba de su habitual tranquilidad, sin embargo; entre cada uno de sus pensamientos conscientes parecían emparedarse imágenes de Julie. En ningún momento pensó en su madre; era como si nunca hubiese existido. Finalmente acabó habitando un área que abarcaba el pensamiento consciente, los sueños y la contemplación pasiva de la pantalla del televisor, pero en la que no resultaba fácil discernir los confines entre estos estados.
Resultó demasiado, incluso para Ian Smith. Al margen del trabajo, sus únicas excursiones fuera del piso consistían en fugaces visitas a los videoclubs. Un atardecer apagó el vídeo y se fue a dar una vuelta por Water of Leith, inquieto e incapaz de concentrarse en la ración de visionados de aquella tarde. Junto a la ribera ajardinada del río estancado una hilera de cerezos en flor desprendía un agradable aroma. Smith continuó paseando mientras el crepúsculo daba paso a la oscuridad. Sus pasos molestaron a un grupo de jóvenes encapuchados que bajaron el volumen de sus voces y le echaron miradas furtivas al principio y descaradamente amenazadoras después. Smith, ciego ante su presencia e inmerso en sus reflexiones, pasó de largo. Se cruzó con los borrachos resollantes de los bancos, cuyos gruñidos estentóreos atacaban a demonios rememorados o imaginados; las latas vacías de superlager; los vidrios rotos; los condones usados y las mierdas de perro. A cien metros de distancia un viejo puente de piedra se arqueaba tenebrosamente a lo largo de aquellas inmóviles y rancias aguas.