A Kev no le gustó la insolente respuesta de Boab. ¿Acaso la causa del Granton Star no era más importante que el ego de un individuo cualquiera? Después de todo, en una votación abierta, fue a él a quien confiaron el brazalete de capitán para la temporada. El Star aspiraba a subir a la Segunda División de la Liga de Iglesias de Edimburgo. Además, sólo estaban a tres partidos para llegar a la final del Trofeo Conmemorativo de Tom Logan en City Park —con redes-. Había mucho en juego, y Kev quería ser el hombre que dirigiera el rumbo del Star hacia la gloria copera en su propio patio trasero. Sabía, no obstante, que una parte de sus responsabilidades era tomar decisiones impopulares. Las amistades tenían que quedar relegadas a un segundo plano.
«Es natural que te sientas decepcionado, colega…»
«¿¡Decepcionado!? Joder, ya lo creo que estoy decepcionado. ¿Quién es el capullo que lava la elástica casi todas las semanas? ¿Eh?», alegó Boab, señalándose a sí mismo.
«Venga, Boab, tómate otra pinta…»
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«¡Métete tu puta pinta por el culo! Vaya unos colegas vosotros, ¿eh? ¡Pues que os jodan!», tronó Boab al salir del pub mientras Kev se volvía hacia el resto de los chicos y se encogía de hombros.
Antes de volver a casa, Boab se fue solo a tomar unas cuantas pintas de lager que no pudo disfrutar. Rebosaba resentimiento cuando pensaba en Tambo, que le había echado el ojo a la camiseta número 10 de Boab desde la primera vez que el muy farsante empezó a jugar con el Star a principios de temporada. Hijoputa bebedor de zumos de naranja. Había sido una equivocación cubrir las bandas con gilipollas como él. Después de todo, no era más que una pachanga; unas risas con los colegas. Naranja exprimida con limón. Naranja exprimida con limón. El tono nasal de Tambo rechinaba sin piedad en su cabeza.
En los pubs que visitó, Boab no conseguía reconocer a nadie. Era extraño. Además, los viejos borrachínes que normalmente le importunaban en busca de compañía, o para gorronearle una pinta, le evitaban como a un leproso.
La madre de Boab estaba pasando el aspirador cuando su hijo volvió a casa. En cuanto le oyó llegar a la puerta, sin embargo, lo apagó. Doreen Coyle le echó una mirada cómplice a su marido, Boab sénior, que puso en movimiento su considerable mole desde la silla y arrojó el Evening News sobre la me-sita del café.
«Quiero tener una pequeña charla contigo, hijo», dijo Boab sénior.
«¿Eh?» Boab estaba un tanto alarmado por el tono desafiante y de enfrentamiento que tenía la voz de su padre.
Pero antes de que Boab sénior pudiese hablar, Doreen empezó a despotricar nerviosamente.
«No es que estemos tratando de deshacernos de ti, hijo. No es eso para nada.»
Boab permaneció allí de pie, mientras una sensación de presagio se abría paso entre su aturdimiento.