«Muy bien», respondía Smith, intentando proyectar pasión a través de su indiferencia y fracasando invariablemente. A continuación solía decir: «Bueno, es hora de apagar la luz.»
Julie odiaba la expresión «apagar la luz» más que cualquier otra que saliera de sus labios. La enfermaba casi físicamente. Smith apagaba el interruptor de la mesilla de noche y caía en un profundo sueño casi instantáneo. Ella se preguntaba por qué seguía con él. La respuesta yacía dentro de su sexo palpitante y su cuerpo rendido; la tenía como un caballo y podía follar toda la noche.
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Pero eso no bastaba. Un día Julie entró como si tal cosa en el cuarto de estar, donde Smith se disponía a ver un vídeo, y dijo: «Ian, te dejo. Somos incompatibles. No quiero decir se-xualmente, el problema no está en la cama. De hecho, me has proporcionado más orgasmos que nadie…, lo que intento decir es que eres bueno en la cama, pero inútil en todo lo demás. No hay emoción en nuestras vidas, nunca hablamos…, quiero decir… ay, ¿de qué sirve? Quiero decir, no podrías cambiar aunque quisieras.»
Smith respondió con calma. «¿Seguro que lo has pensado bien? Es un paso muy grande.»
Durante todo ese tiempo, la perspectiva de poder instalar aquella antena parabólica a la que su mujer se había resistido le llenaba de emoción.
Esperó a que hubiera pasado un período de tiempo prudente, y entonces, convencido de que no volvería, hizo que la instalaran.
La vida social de Smith no había sido precisamente febril antes de la partida de Julie y la adquisición de la antena parabólica. Tras estos acontecimientos, sin embargo, los mínimos y testimoniales lazos sociales que tenía con el mundo exterior quedaron truncados. Salvo para ir a trabajar, se convirtió en un recluso. Dejó de visitar a sus padres los domingos. Para ellos fue un alivio, agotados por sus intentos de forzar la conversación, nerviosos durante los embarazosos silencios a los que Smith parecía resultar ajeno. Sus infrecuentes visitas al pub también cesaron. Su hermano Pete y su mejor amigo, Dave Cárter (o más bien, el padrino de su boda), no repararon realmente en su ausencia. Uno de los habituales dijo: «Ya no se ve a como-se-llame por aquí.»
«Sí», dijo Dave. «No sé en qué andará.»
«Probablemente proxenetismo, chantaje y asesinatos por encargo», se rió Pete irónicamente.
En el bloque de pisos donde vivía Smith, los niños de los Marshal estaban siempre chillando, crispando aún más los nervios de su turbada y solitaria madre. Peter y Melody Syme estarían follando con todo el ardor de una pareja recién llegada de su luna de miel. La vieja señora McArthur estaría haciendo un té o mimando a su gato blanco y anaranjado. En la puerta de
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enfrente Jimmy Quinn habría traído a unos colegas y estarían fumando costo. Ian Smith estaría viendo vídeos.
En el trabajo había una noticia que soliviantaba especialmente a la gente. Una niña de seis años llamada Amanda Heat-ley había sido raptada en la calle e introducida en un coche a escasos metros de su colegio.