Y además Lisa se las arregló para mancharse la parte delantera del vestido. Espero que la Reina Madre no lo notase. Espera a que lleguemos a casa, señorita, pensé yo. Uuyy, estaba tan enfadada. Enfadada de verdad de verdad.
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LOS DOS FILÓSOFOS
Hacía un condenado calor para tratarse de Glasgow, pensaba Lou Ornstein, mientras arrastraba su cuerpo sudoroso hasta el mesón de Byres Road. Gus McGlone ya estaba en la barra, charlando con una joven.
«Gus, ¿cómo te va?», le preguntó Ornstein a su amigo, dándole una palmada en el hombro.
«Ah, Lou. Estupendamente. ¿Y a ti?»
«Muy bien», dijo Ornstein, tomando nota de que la atención de McGlone seguía aún centrada en gran medida en la joven.
La mujer le susurró algo a McGlone, y a continuación le lanzó a Ornstein una mordaz sonrisa que era todo dientes y ojos. Le atravesó de cabo a rabo. «Profesor Ornstein», empezó ella con aquel acento escocés de salón de té que tan atractivo le resultaba, «a riesgo de parecerle una aduladora, sólo quería decirle que su ponencia sobre la construcción racional de la magia me pareció espléndida.»
«Ah, muchísimas gracias. Lo tomaré como el punto de vista de un erudito, en vez del de una aduladora», sonrió Ornstein. Aquella respuesta le pareció bastante contenida, pero, demonios, él era un académico.
«Su hipótesis central me parece interesante…», continuó la joven, mientras Ornstein sentía cristalizar en su pecho una pequeña bolita de resentimiento. Aquél era un día para beber cerveza, no para dirigir un seminario involuntario con una de las ingenuas alumnas de Gus. Ajena a su creciente inquietud, la mujer continuó: «Dígame, si no le importa, ¿cómo distingue
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entre lo que usted denomina “ciencia desconocida” y aquello que generalmente llamamos magia?»
Sí que me importa, maldita sea, pensó Ornstein. Las jóvenes bonitas eran todas iguales; completamente obsesionadas consigo mismas, maldita sea. Él había tenido que ganarse el derecho a obsesionarse consigo mismo quemándose las cejas en bibliotecas durante años y lamiéndoles el culo a las personas indicadas, generalmente gilipollas sobre los que no se molestaría en mear si se los encontrase ardiendo. De pronto aparece una estudiante de diecinueve años destinada en el mejor de los casos a una diplomatura, que cree que su opinión cuenta para algo, que ella es alguien, sólo porque tiene una cara bonita y un culo divino. Lo horrible del caso, lo absolutamente horroroso, pensaba Ornstein, era que tenía toda la razón.
«No puede», comentó McGlone, pagado de sí mismo.