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«Duele, Euan. Duele por dentro, joder. La mandanga es lo único que me quita el dolor. Yo no puedo hacer nada. Estoy muerta por dentro. No podrías llegar a comprenderlo. Ningún hombre puede comprenderlo. Mataron una parte de mí, Euan. La mejor. Lo que estás viendo es un puto espectro. No importa demasiado lo que le pase a un puto fantasma.» Hace asomar una vena a base de golpecitos, pincha la diana y tiene una convulsión de agradecimiento cuando bombea la mandanga por su organismo.

Al menos, el subidón le cierra el pico. Tenía algo de inquietante hablando de ese modo como de ultratumba. Miro al Mi-rror. Hay varias moscas dándose un festín con Gazza.

«Esos violadores. Reúne una cuadrilla, y a por ellos», sugiero.

Se vuelve hacia mí, sacude lentamente la cabeza, y se vuelve otra vez. «No, las cosas no son así. No hay nadie mejor relacionado que estos tíos. Siguen haciéndoselo a otras mujeres. Uno de ellos liga en un club, se trae a la mujer. Los demás están esperando y se limitan a utilizarla como un puto kleenex hasta que se hartan.»

Supongo que para aproximarte a lo que se siente tendrías que pensar en una docena de tíos metiéndotela por el ojete.

«Eso era lo último», murmura con melancólica satisfacción. «Espero que Don traiga un poco cuando vuelva.»

«Los dos lo esperamos, muñeca, los dos.»

Podrían haber pasado horas o minutos, pero Donovan apareció por fin.

«¿Qué coño haces tú aquí, tío?» Se puso las manos sobre la cadera y adelantó la cabeza hacia mí.

«Yo también me alegro de verte, colega.»

Parecía como si a Donovan el caballo le hubiera diluido el tono de la piel. Michael Jackson probablemente ha pagado mi-

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llones para obtener el mismo efecto que a Don le proporciona el jaco. Estaba como un granizado al que le habían succionado el hielo. Ahora que lo pienso, Ange tenía más color antes. Al parecer, si tomas jaco suficiente pierdes por completo cualquier rasgo racial. Verdaderamente, el jaco hace irrelevantes todas las demás características de una persona.

«¿Tienes mandanga?» Su acento pasó de un agudo y afeminado gañido norlondinense a un rico y espeso rasta jamaicano.

«Y una mierda. Estoy aquí para pillar.»

Don se volvió hacia Ange. Se notaba que no había pillado y que estaba a punto de subirse por las paredes porque ella me había dado lo último. Justamente cuando empezaba a hablar, se oyó un golpe en la puerta, y aunque ésta se mantuvo firme, después de un par de impactos más el marco se desprendió de la pared y todo el armatoste cayó hacia dentro. Se veía a dos tipos con almádenas en el pasillo. Parecían tan pirados que casi me sentí aliviado cuando un grupo de cerdos entró como un torbellino saltando a nuestro alrededor. Me fijé en la expresión de decepción en la cara de un puto veterano de la policía antidroga. Sabía que si hubiéramos tenido algo habríamos corrido hasta los lavabos para tirar la mandanga por la taza del water, pero ninguno de nosotros se había movido. Nadie llevaba nada. Pusieron la casa patas arriba por pura rutina. Uno de los polis recogió mis herramientas y me miró con expresión de desprecio. Enarqué las cejas y le sonreí perezosamente. «A la puta comisaría con esta basura», gritó. Nos botaron del piso, nos llevaron escaleras abajo y nos metieron en una tocinera. Hubo un sonoro impacto cuando una botella golpeó el techo de la furgoneta. Se detuvieron y salieron un par de polis, pero pasaron de perseguir a los chavales, que probablemente la habían arrojado desde un balcón. Nos estrujaron entre sus moles, murmurando oscuras amenazas de vez en cuando.