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Resultaba extremadamente difícil levantar la tapa de aquella puta mierda. Me temblaban las manos y no lograba hacer palanca. Empezaba a hacer algún progreso cuando oí su voz a mis espaldas.
«¡Aja! ¡Conque era eso!» Estaba justo encima de mí. Pensé que oiría a la vieja pelleja acercándose a hurtadillas, pero era como un puto fantasma. «Tu madre tenía razón. ¡Eres un ladrón! Alimentándote la vena, tu drogadicción, ¿no es eso?»
«No, abuela, sólo es…»
«No mientas, hijo. No mientas. Un ladrón, un ladrón que roba a los suyos, ya es malo, pero un mentiroso es peor aún. Nunca sabes a qué atenerte con un mentiroso. ¡Apártate de esa puñetera lata!», soltó tan de repente que me cogió de improviso, pero me quedé donde estaba.
«Necesito algo, ¿vale?»
«Ahí no encontrarás ningún dinero», dijo, pero me daba cuenta por la ansiedad de su voz de que mentía. Levanté la tapa y resultó que no mentía. Sobre una pila de fotos viejas había unos polvos marrón claro en una bolsa de plástico. Jamás había visto tanta mandanga.
«Hostia puta, esto qué es…»
«¡Apártate de ahí! ¡Apártate! ¡Puto ladrón!» Su pierna huesuda y zanquivana me tiró una coz que me alcanzó en un lado de la cara. No me dolió pero me dejó pasmado. Sus juramentos me dejaron más pasmado todavía.
«Jodida vieja…» Me puse en pie de golpe, sujetando la bolsa en alto, lejos de sus brazos tendidos. «Será mejor que llame a la celadora, abuela. Esto le interesará.»
Hizo unos pucheros de amargura y se sentó sobre la cama. «¿Tienes herramientas?»
«Sí», dije.
«Pues prepara un chjJte. haz algo útil.»
Empecé a hacer lo que me había pedido. «Pero ¿cómo, abuela? ¿Cómo?», pregunté, aliviado y aturdido.
«Eddie, la marina mercante. Regresó y estaba enganchado. Teníamos contactos. Los muelles. Era mucho dinero, hijo. El caso es que no paraba de chutarme, y ahora tengo que venderles a los jovencitos para poder seguir chutándome. El dinero siempre me lo dan por adelantado.» Sacudió la cabeza, y me
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miró con dureza. «Tengo un par de jóvenes haciéndome los recados, pero esa gorda entrometida de abajo, la celadora, empieza a sospechar.»
Entré en el momento justo. Vaya una manera de caer de pie. «Abuela, a lo mejor podríamos trabajar juntos en esto.»
La hostilidad animal que había en su pequeño y pálido rostro se disolvió dejando paso a una sonrisa intrigante. «Eres un Abercrombie, vaya que sí», me dijo.
«Sí, ya lo creo», reconocí con asqueado derrotismo.
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LA CASA DE JOHN DEAF1
La casa de John Deaf era rarísima. Quiero decir que siempre hubo casas piojosas en el barrio, pero ninguna como la de John Deaf. Para empezar, en casa de John Deaf no había una puta mierda; ni muebles ni nada de eso. Nada en el suelo, ni siquiera linóleo. Sólo aquellas frías baldosas negras que tenían todas las casas, para la calefacción subterránea que ningún menda podía permitirse el lujo de encender.