Back The Acid House Save as PDF

La travesía está bien. Me encuentro aplatanado. Me siento en silencio, sin duda un cadáver inexpresivo para todos los demás pasajeros, pero inmerso en un diálogo interior pleno de significado. Rebobino historias recientes, proyectándome en un papel virtuoso, justificando las pequeñas atrocidades que he infligido a otros por ofrecerles importantes conocimientos y percepciones.

Empiezo a sufrir en el tren de enlace: Harwich — Colches-ter - Marks Tey - Kelvedon - Chelmsford - Shenfield ESTE TREN NO DEBERÍA PARAR EN EL PUTO SHENFIELD - Romford IMPULSO A ESTE TREN A LO LARGO DE CADA CENTÍMETRO DE VÍA FÉRREA (¿Qué pasa con Manningtree, a todo esto, dónde cojones ha ido a parar Manningtree?) HASTA LONDRES Liverpool Street. El metro va a todas partes excepto a Hackney. Demasiado cenagoso. Me bajo en Bethnal Green y de un brinco me subo al 253 hasta Lower Clapton Road. Desfilo calle abajo por Homerton Road y me adentro en el barrio de Kingsmead. Espero que Donovan siga en la casa ocupada del segundo piso. Espero que no me

45

guarde rencor por el incidente de Stockwell, seguro que a estas alturas ya es agua pasada. Me abro paso a empujones entre unos hoscos niños asesinos-de-animales-domésticos que escriben con aerosol sobre la pared elegantes eslóganes ilegibles. Tan demodé, tan gueto.

«¡Cuidado! ¡Puto yonqui!»

¿Debería follarme a estas criaturas antes o después de matarlas?

No hago nada semejante. Es la hora esa.

Don sigue allí. Puerta reforzada. Ahora sólo tengo que preocuparme por si está en casa o no, y en caso de que esté, por si me dejará o no entrar. Golpeo la puerta con fuerza.

«¿Quién es?» La voz de Angie. Don y Ange. No me sorprende; siempre pensé que acabarían enrollándose.

«Abre, Ange, me cago en la hostia. Soy yo, Euan.»

Se abren una sucesión de cierres y Ange me mira, sus rasgos nítidos más prominentes que nunca, definidos y cincelados por el jaco. Me hace pasar y cierra la puerta.

«¿Está Don por ahí?»

«Nah, ha salido, ¿vale?»

«¿Hay algo de jaco?»

Su boca se tuerce hacia abajo y sus ojos oscuros se aferran a mí como los de un gato que ha acorralado a un ratón. Contempla la posibilidad de mentir y, a continuación, reparando en mi desesperación, se decide en contra.

«¿Qué tal por ‘Dam?» Está jugando conmigo, la jodida vaca-burra.

«Necesito un chute, Ange.»

Saca algo de mandanga y me ayuda a prepararla y a chutarme. Me recorre un flash, seguido de una marejada de náuseas. ¡Todos a cubierta! Vomito sobre un Daily Mirror. Paul Gascoigne está en portada, guiñando el ojo y levantando el pulgar, metido en una máquina de tracción y envuelto en escayola. El periódico es de hace ocho meses.

Ange se prepara un chute empleando mis herramientas. No me agrada demasiado pero tampoco puedo decir gran cosa. Miro sus fríos ojos de pez, engastados en esa carne cristalina. Podría uno hacerse mucho daño con su nariz, sus pómulos y su mandíbula.

Se sienta a mi lado, pero mira directamente hacia adelante en vez de volverse para darme la cara. Empieza a hablar sin parar sobre su vida con lenta y regular monotonía. Me siento como un sacerdote yonqui. Me cuenta que fue violada por una pandilla de tíos y que se sintió tan mal que ha estado enganchada desde entonces. Empiezo a tener una sensación de déja-vu. Estoy seguro de que eso me lo ha contado antes.