Se volvió hacia mí, mostrándome toda la magnitud de la tunda. Bastante vigorosa. «Yo de aquí no salgo, tío», dijo temblando, los ojos abiertos de miedo. Lo decía en serio. «Ya te enteraste de lo de Barratt. Este sitio es famoso por eso. Soy del puto color equivocado, especialmente para un yonqui. No saldré vivo.»
Estaba a punto de intentar tranquilizarle, pero no parecía que anduviese muy desencaminado. Se nos acercaron tres tíos negros. Habían estado mirando y escuchando.
«Eh, hermano, si andas por ahí con esta basura, te llevas lo que te mereces», se burló uno de ellos. Nos iban a currar. Los tíos empezaron que si el jaco que si los camellos, mentali-zándose para el momento en que desencadenarían su furia sobre nosotros. Evidentemente, la paliza que los blancos le habían dado al travestí de una sola oreja les había abierto el apetito.
Polis al rescate. Cuando nos agarraron y nos sacaron a rastras, pensé en lo de la sartén y el fuego. Nos volvieron a meter en distintos cuartos de interrogatorio. En la habitación no había sillas, así que tuve que sentarme sobre la mesa. Me obligaron a esperar mucho rato.
Me levanté de golpe cuando entraron dos cerdos y se unieron a mí. Se trajeron unas sillas. Un cerdo de cabello plateado pero de rostro todavía juvenil me dijo que me sentara. «¿Quién te dio la mandanga? Venga, Jock. Euan, ¿no es así como te llamas? Tú no eres camello. ¿Quién trapichea con esta mercancía?», preguntó, con los ojos llenos de una compasión perezosa y cansina. Parecía un tío legal.
50
NO TIENEN UNA PUTA MIERDA A LA QUE AGARRARSE.
Otro poli, rechoncho, bovino y de cabello oscuro con una especie de corte de pelo de tazón, soltó: «Su puto amigo el negro. Aquel negrito del África tropical, ¿no es así, Jock? Pues más te vale empezar a hablar, hijo mío, porque tenemos aquí al lado al primer canario negro del mundo trina que te trina, y no te gustaría, repito, no te gustaría oír la canción que está cantando.»
Siguieron así durante un rato, pero no podían entrar en el lugar en que me había refugiado dentro de mi cabeza.
Entonces uno de ellos sacó una bolsa de polvo blanco. Parecía buena mandanga.
«Los chavalillos han estado usando esta mandanga en el colegio. ¿Quién se la proporciona, Euan?», pregunta el Chico Plateado de tus Sueños.
NO TIENEN UNA PUTA MIERDA A LA QUE AGARRARSE.
«Yo sólo me pico de vez en cuando. No tengo suficiente para mí, ya no digamos para cualquier otro capullo.»
«Veo que aquí nos va a hacer falta un jodido intérprete. ¿Hay algún capullo de guardia esta noche que hable escocés?», pregunta el cabrón de pelo negro. La Máquina de los Sueños Plateados le ignora. Él sigue con lo suyo. «Eso es lo que pasa con la escoria como vosotros. Todos os metéis, ¿no? Nadie la vende. Será que crece en los árboles, ¿no?»
«Nah, en el campo», dije, lamentándolo inmediatamente.