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Era una carga. Llevaba aquí sólo una quincena y hacía tres

1. El protagonista tiene un nombre escocés, Rab. Robbie sería una forma inglesa. (N. del T.)

semanas que me había desenganchado. Los síntomas físicos habían remitido. Si aguantas un mes desenganchado, tienes una oportunidad. No obstante, pensaba que iba siendo hora de buscarme un sitio propio. Mi amistad con Rab (ahora, claro está, rebautizado como Robbie) no sobreviviría al planteamiento unilateral y parasitario sobre el que la había remodelado. Y esto era lo peor: no me importaba demasiado.

Una tarde, cuando llevaba con él más o menos quince días, pareció haberse hartado. «¿Cuándo vas a empezar a buscar curro, tío?», preguntó, con una indiferencia evidentemente forzada.

«Estoy en ello, colega. Ayer me di un voltio por ahí, a ver si controlaba un poco, ¿sabes? Composición de lugar», dije con sinceridad fingida. Seguimos en ese plan: forzada urbanidad, en la que subyacía un antagonismo mutuo.

Cogí el tranvía número 17 desde el deprimente barrio de Rab/Robbie situado en el sector occidental hasta el centro. En ese tipo de lugares no sucede nada: bloques de cemento y hormigón por todas partes; un bar, un supermercado, un restaurante chino. Podría haber estado en cualquier parte. Se necesita un centro para darle sentido a una ciudad. Podría haber estado en Wester Hailes,1 o en Kingsmead,2 en uno de esos sitios para escapar de los cuales vine aquí. Pero no había escapado. Un vertedero de pobres al margen del cotarro es más o menos idéntico a otro, independientemente de la ciudad a cuyo servicio esté.

En semejante estado de ánimo, no soportaba que se me acercara nadie. En esas circunstancias, Amsterdam es el sitio equivocado donde estar. Apenas acababa de apearme en el Damrak y ya me estaban agobiando. Había cometido el error de mirar a mi alrededor para orientarme. «¿Francés? ¿Americano? ¿Inglés?», me preguntó un tío con pinta de árabe.

«Que te den», le dije entre dientes.

Me alejaba de él en dirección a una librería inglesa y todavía podía oír su voz desgranando una lista de drogas. «Hachís, heroína, cocaína, éxtasis…»

Durante lo que en principio iba a ser un relajante ramonear

1. Barrio de Edimburgo. (N. del T.)

2. Barrio del Este de Londres. (N. del T.)

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entre libros, me sorprendí organizando un debate interno sobre la posibilidad de levantar o no uno; habiéndome decidido en contra, me marché antes de que el impulso se hiciese irresistible. Satisfecho, crucé la Plaza Dam hacia el barrio rojo. Un fresco crepúsculo había descendido sobre la ciudad. Paseé, disfrutando la caída de la noche. En una bocacalle junto a un canal, cerca de donde las putas se sientan en las ventanas, un hombre se me acercó a paso alarmante. Rápidamente decidí que le rodearía el cuello con las manos y lo estrangularía hasta que muriera si intentaba establecer contacto conmigo. Me concentré en su nuez con intención homicida, el rostro retorcido en un gesto burlón y despectivo mientras sus fríos ojos de insecto se hinchaban lentamente de recelo.