Lou Ornstein dio un paso atrás e inspeccionó la jadeante y sanguinolenta figura de McGlone. Lejos de sentir vergüenza, Ornstein jamás se había encontrado mejor. Estaba disfrutando tan a fondo de su triunfo que le llevó un rato apercibirse de la desbandada de la multitud y de la llegada de un furgón policial. Mientras Gus McGlone se ponía trabajosamente en pie y trataba de orientarse, fue despachado sin miramientos dentro de una tocinera.
Los dos filósofos fueron encerrados en celdas separadas.
El sargento de guardia estaba llevando a cabo su rutii a de preguntar a cada pareja de prisioneros pendencieros quién era el Billy y quién era el Tim.1 Si el apretón de manos era correcto, dejaría marchar al Billy y le daría un rato de bofetones al Tim. Así todos estarían contentos. El Billy podría sentirse superior y engañarse a sí mismo pensando que ser un «protestante» no practicante es de algún modo importante; el Tim podría sentirse perseguido y dar rienda suelta a su paranoia acerca de las conspiraciones masónicas; el sargento podría darle de bofetones al Tim.
«¿Con qué pie pateas,2 colega?», le preguntó el sargento de guardia Fotheringham a McGlone.
1. En la costa oeste de Escocia (en Glasgow por tanto) un «Billy» es un pro
testante y un «Tim» es un católico de ascendencia irlandesa. (N. del T.)
2. Decir de alguien que «patea con el pie izquierdo» es un modo jocoso de
llamar católico a la persona en cuestión. Decir que alguien «patea con el pie
equivocado» es decir que profesa una religión diferente de la del hablante. La
expresión alude a la creencia de que en Irlanda del Norte los obreros agrícolas
católicos usan el pie izquierdo para hincar la pala en la tierra mientras cavan, en
tanto que los protestantes usarían el derecho. (N. del T.)
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«No pateo con ninguno. Soy el profesor Angus McGlone, titular de la cátedra John Pulanzo de Filosofía Moral en la Universidad de Glasgow.»
Fotheringham sacudió la cabeza. Otro chalado al que han echado del manicomio con esa chorrada de los cuidados comunitarios. «Sí, claro que sí, hijo», dijo en tono alentador, «¿y sabes quién soy yo?»
«No…», dijo dubitativo McGlone.
«Soy David Attenborough. Y estoy acostumbrado a tratar con putos animales. Animales como tú que aterrorizan a los ciudadanos…»
«Maldito imbécil. ¡No sabe usted quién soy yo! Podría traerle serios problemas. Soy miembro de varios comités gubernamentales y tengo…» McGlone no logró terminar la frase. Fue silenciado por otro penetrante golpe en el estómago y le llevaron a las celdas, donde fue retenido antes de ser acusado de alteración del orden público.
Lou Ornstein, que se portó de lo mejorcito con la policía, y cuyo relato creyeron debido a su acento, salió de la comisaría sin cargos. Se dirigió hacia el metro. Jamás había sabido que podía pelear, y había aprendido algo sobre sí mismo.