«El agente del seguro médico me dijo: En cierto sentido, su marido está muerto. Su cuerpo ha quedado hecho papilla. La mayoría de los órganos principales están inservibles. No obstante, su cabeza y su cerebro siguen intactos. Tenemos una nueva máquina desarrollada en Alemania y probada en los Estados Unidos. Quisiéramos que nos diese su consentimiento para tratar a Keith. Es muy costosa, pero podemos llegar a un acuerdo con el seguro de vida porque técnicamente él está muerto. Es una cuestión difícil, dijo el hombre de la asistencia sanitaria, y dejaremos la parte ética del asunto a los filósofos. Después de todo, para eso pagamos impuestos, para que se sienten a meditar en sus torres de marfil. Eso fue lo que dijo. La verdad es que me gustó aquello. De todas formas, me dijo que sus especialistas legales aún tenían que poner algunos puntos sobre las íes, pero que confiaban, así me lo dijo, en lograrlo. ¿Nos da usted su consentimiento?, me preguntó. Bueno, cielos, ¿qué podía decirle?»
Miré a Val, y después a Keith. No había gran cosa que decir. Quizá algún día, con los progresos de la ciencia médica,
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encontrarían un cuerpo con una cabeza inservible y serían capaces de realizar un trasplante. La verdad es que no faltan; pensaba en varios políticos. Di por sentado que la finalidad de aquel sórdido y estrafalario despliegue de medios era hallar un cuerpo sano al que pegar la cabeza. La verdad es que no quería saberlo.
Nos sentamos a cenar. Puede que Fiona dijera que la velada había sido un éxito, como podría serlo una misión en el trabajo o un proyecto que había que finalizar. Hubo una o dos grandes meteduras de pata, como cuando yo me negué a tomar un vaso de vino.
«Conduzco yo, Fiona, más vale no perder la cabeza…» Miré hacia lo que quedaba de Keith en el tanque y articulé una disculpa. Keith parpadeó.
Mientras Fiona salía disparada de un lado a otro, entrando y saliendo de la cocina, Valerie le pedía que se sentara y se calmara. Casi le dijo que andaba por allí como un pollo sin cabeza, pero logró convertirlo a tiempo en mosca culiazulada.
No obstante, la velada no resultó demasiado insufrible y la cena estaba comestible. Charlamos durante el resto de la noche. Cuando nos disponíamos a salir, le hice tímida y azorada-mente a Keith la señal de la victoria. Volvió a guiñar el ojo.
Valerie le susurró a Fiona en el pasillo: «Hay algo que no nos has contado ¿quién es ese nuevo hombre tan bárbaro?»
«Ay, cielos…, es tan extraño cómo resultan las cosas. Es el tipo de la compañía del seguro médico que propuso el tratamiento para Keith. Cielos, Val, es un semental. El otro día me agarró sin más, me tiró sobre el sofá y me tomó allí mismo…» Se llevó la mano a la boca. «¡Ay, cielos! No te estaré avergonzando, ¿verdad, Crawford?»
«Sí», mentí poco convincentemente.
«¡Me alegro!», dijo ella jocosamente, llevándonos a continuación de vuelta a la habitación. «Una última cosa sobre la que necesito vuestro consejo: ¿creéis que Keithy-kins estaría mejor al otro lado de la habitación, al lado del compact?»