Lo único que puedo hacer es devolverle la sonrisa.
Disfrutaba con Marianne. Hacía mucho tiempo que no me encontraba así con una mujer, que sentía semejante intimidad. Hablamos toda la noche. No había temas tabú y fui capaz de hablar de Joan sin resultar sensiblero y deprimir a mi acompañante, como habría sucedido de haber estado presentes los Kennedy. La gente no quiere oír todas esas cosas cuando está de vacaciones. Sin embargo, con Marianne, dada su pérdida, podía simpatizar.
Hablé y hablé, tonterías fundamentalmente, pero para mí bellos y dolorosos recuerdos. Jamás había hablado así antes con nadie. «Recuerdo cuando estaba en el barco con Joanie. Me metí en un lío terrible. Había unos holandeses, gente estupenda, en la mesa de al lado. Compartimos mantel con un francés más bien circunspecto y una encantadora muchacha italiana. Con pinta de auténtica estrella. Aunque parezca mentira, el francés no estaba interesado. Creo que quizá fuese, bueno, así, ya sabes lo que quiero decir. De todas formas, aquello era toda una Liga de Naciones. El caso es que había una pareja mayor de Worcester a la que los alemanes no les gustaban un pelo, echando la vista atrás, hacia los años de la guerra y todo eso. Bueno, a mí me parece que es mejor dejar esas cosas a un lado. Así que aquí el viejo Jim Banks decidió hacer de pacificador…»
Dios, cómo me enrollé. Mis inhibiciones parecían disolverse con cada trago de vino, y al cabo de poco rato ya íbamos por la segunda botella, y Marianne hizo un gesto cómplice con la cabeza cuando la pedí. Tras la cena pasamos al bar, donde tomamos algunas copas más.
«Me lo he pasado verdaderamente bien esta noche, Jim. Sólo quería decírtelo», dijo ella, sonriendo.
«Ha sido una de las mejores noches… en años», le dije. Estuve a punto de decir: desde lo de Joanie. Lo ha sido. Esta maravillosa dama me ha hecho sentirme un bendito ser humano de nuevo. Es una excelente persona, de verdad.
Me cogió de la mano mientras nos miramos durante unos segundos.
72
Me aclaré la garganta con un trago de scotch. «Una de las cosas estupendas de hacerse mayor, Marianne, es que la inminente presencia de la dama de la guadaña concentra un tanto la mente. Me siento muy atraído por ti, Marianne, y por favor no te ofendas, pero quisiera pasar la noche contigo.»
«No me ofendes, Jim. Eso me parecería maravilloso», dijo con gesto cálido.
Eso hizo que me sintiera un poco cohibido. «Quizá resulte algo menos que maravilloso. He perdido un poco la práctica para estas cosas.»
«Dicen que es como nadar o montar en bicicleta», dijo sonriendo afectadamente, un poco bebida.
Bueno, si ése era el caso, el viejo Jim Banks estaba a punto de volver a montar después de un lapso de diez años. Fuimos a su habitación.
Pese al alcohol, no tuve problema alguno en conseguir una erección. Marianne se quitó el vestido para mostrar un cuerpo que habría hecho justicia a mujeres varias décadas, no digamos años, más jóvenes. Nos abrazamos durante un ratito, antes de deslizamos bajo el edredón y hacer el amor, primero lentamente y con ternura, después cada vez con más pasión. Me perdí. Me marcó la espalda con las uñas y empecé a gritar: «Por Dios, Joanie, por Dios…»