Back The Acid House Save as PDF

«Vamonos a ponerle las peras al cuarto a ese cabrón», dije.

«¡Ése eres tú!», me dio una palmada en la espalda Gary. «Siempre supe que tenías cojones, Jock. ¡Vosotros los jodidos Jocks estáis todos locos que te cagas! Vamos a enseñarle a Whitworth a quién le está tocando los huevos.»

1. Warmwood Scrubs. Centro penitenciario del área londinense. (N. del T.) 16

«¿Cuándo?», pregunté, sintiendo leves náuseas de excitación y angustia.

Gary se encogió de hombros y enarcó una ceja. «No hay nada como el presente.»

«¿Quieres decir ahora mismo?», resollé. Estábamos en pleno día.

«Esta noche. Te vendré a buscar a las ocho con un buga.»

«A las ocho», asentí débilmente. En los últimos día venía captando enormes vibraciones de ansiedad a causa del inestable comportamiento de Gary. «Oye, Gal, no hay nada más que una cuestión de dinero entre tú y Tony Whitworth, ¿verdad?»

«En mis circunstancias, con lo del dinero basta, Jock. Más que suficiente, ¿o no?», dijo, rematando su pinta e incorporándose. «Me voy a casa. Tú también deberías. No te conviene estar pegándole más de la cuenta al Jonathan Ross»,1 añadió señalando mi vaso. «Tenemos trabajo.»

Le vi marchar resuelta y pesadamente, deteniéndose sólo para saludar con la mano al viejo Gerry O’Hagan en la barra.

Yo me fui poco después, obedeciendo la recomendación de Gal respecto del consumo de caldos. Me acerqué a la tienda de deportes de Dalston y compré un bate de béisbol. Pensé en comprarme un pasamontañas, pero habría resultado demasiado revelador, así que fui a comprármelo al Army and Navy.2 Me quedé sentado en mi queo, incapaz durante un rato de echar una mirada a mis adquisiciones. Entonces cogí el bate y comencé a asestar golpes al aire. Quité el colchón de encima de la cama y lo puse contra la pared. Lo sacudí con el bate, comprobando la trayectoria, la posición y el equilibrio. Liberé ansiedad golpeando, arremetiendo y gruñendo como un maníaco.

Gary no tardó mucho en regresar. Ya eran las ocho y pensé que había sufrido un acceso de cordura y decidido olvidar el tema por completo, tal vez después de que Marge barruntara que se cocía algo y se le echara encima. A las 8.11 según la radio reloj digital, oí el sobrecogedor bocinazo en la calle.

1. Argot rimado. «Jonathan Ross» por sauce («salsa», es decir, una cerveza
espesa). (N. del T.)

2. Tiendas del Ejército y la Marina que venden ropa militar. (N. del T.)

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Ni siquiera me acerqué a la ventana. Simplemente cogí el pa-samontañas y el bate y me fui escaleras abajo. Ahora mi presa sobre el arma resultaba débil e insulsa.

Me senté en el asiento delantero. «Veo que estás preparado», sonrió Gary. Después de hablar, su expresión seguía congelada en aquella sonrisa, como una estrafalaria máscara de Halloween.

«¿Tú qué llevas?» Temí que sacara un cuchillo.

El corazón se me detuvo cuando sacó una escopeta de cañones recortados de debajo del asiento.

«Ni hablar, tío. Ni hablar.» Hice ademán de salir del coche. Me echó la mano al brazo.