«¡Tranquilo! Joder, no está cargada, ¿eh? Ya me conoces, Jock, hostia puta. Las recortadas no son lo mío, joder, ni lo han sido nunca. Podrías atribuirme un poco más de puñetero talento, ¿no?»
«¿Me estás diciendo que el rifle no está cargado?»
«Pues claro que no está cargado, puñeta. ¿Te crees que soy bobo, joder? Si lo hacemos así no hará falta violencia. No habrá follón y nadie saldrá herido. Me lo dijo un tío en el talega; la gente cambia cuando le apuntas con un rifle. Así es como lo veo yo: queremos nuestro dinero. No es cuestión de hacerle daño a ese cabrón; sólo queremos la pasta. Si se te va la mano con el bate, podrías dejarlo hecho un vegetal. Entonces no obtendríamos ningún dinero pero sí un camarote en los Scrubs. Le aterrorizamos, le enseñamos esto», agitó la recortada, que ahora parecía un patético juguete, «y se pondrá a cagar billetes de una libra.»
Tenía que confesar que sonaba mucho más sencillo a la manera de Gary. Asustar a Whitworth era preferible a darle un repaso. Si lo reventábamos era posible que reuniese una cuadrilla para vengarse. Si lo dejabas cagado de miedo con una recortada, lo más seguro es que aprendiese a no tocarte los huevos. Nosotros sabíamos que el arma no estaba cargada, Whitworth no. ¿Quién se la jugaría?
El piso de Whitworth estaba en el entresuelo de un edificio de dúplex construido con bloques prefabricados de los años sesenta, situado en una pequeña zona de viviendas de protección oficial junto a Queensbridge Road. Aún no había oscu-
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recido del todo cuando aparcamos el coche a escasos metros de su portal. Me planteé si ponerme o no el pasamontañas, decidiéndome en contra. Gary no tenía máscara, y además queríamos que Tony Whitworth viese quién le apuntaba. En vez de eso, al salir del coche oculté el bate debajo de mi abrigo largo.
«Toca el puto timbre», me instó Gary.
Pulsé el timbre.
Se encendió la luz de un pasillo, colándose por el resquicio de la parte superior de la puerta. Gary se metió la mano dentro del abrigo. La puerta se abrió y un chico de unos ocho años, que llevaba un chándal del Arsenal, apareció cautelosamente ante nosotros.
«¿Está Tony?», preguntó Gary.
Yo no había contado con aquello. Había convertido a Whitworth en un personaje de tebeo, un estereotipo de bocas chulo putas, a fin de justificar lo que íbamos a hacerle. Jamás le había imaginado como una persona de verdad, con hijos, personas que dependían de él, que probablemente hasta le querían. Intenté indicarle a Gary que aquél no era ni el lugar ni el momento, pero el chiquillo había desaparecido dentro de la casa y fue reemplazado casi simultáneamente por Whitworth. Llevaba una camiseta blanca y vaqueros, y exhibía una sonrisa radiante.
«Chavales», sonrió cálidamente. «¡Me alegro de veros! Tengo algo para vosotros, si…» Se detuvo a mitad de frase mientras los ojos se le entornaban y el color desaparecía de su cara. Un lado de su rostro se contrajo como si estuviera sufriendo una apoplejía. Gary sacó de pronto la recortada y le apuntó directamente.