Back The Acid House Save as PDF

«No», dice uno de los Cabezas-de-gorrión, sacudiendo el pico en señal de desacuerdo, «habrán sido esos putos casuals. A esos cabrones no les interesa el fútbol.»

«No, no. La cosa iba con Wayne Foster. Eso es lo que he oído.»

«Los casuals», dice el Cabeza-de-gorrión sacudiendo el pico

1. Denominación de los jóvenes informalmente vestidos que acuden al fútbol para alborotar. (N. del T.)

95

otra vez. Caen flotando al suelo de linóleo unas cuantas plumas marrones, «eso será. Putos alborotadores.»

«No», explica su amigo, ahora ligeramente exasperado, «hoy no. Estoy de acuerdo contigo sobre lo de los casuals, pero estamos hablando de hoy. Esto eran dos chavales que se conocían. Empiezan a sacudirse y entonces todo dios se apunta. Frustración, sabes. Frustración por cómo están las cosas. ¿Entiendes?»

«Bueno, quizá, y digo quizá, fuesen esos dos chicos y Fos-ter, Wayne Foster -que no está mal por cierto; al menos Fos-ter siempre rinde al ciento diez por ciento- quizá esta vez haya sido Foster el que lo ha provocado, pero normalmente son los casuals esos…, eso es lo único que digo.»

«Sí, pero esta vez no. Desde luego hoy ha sido el rollo ese de Foster. He oído a un par de chavales largando sobre eso.»

«Hay que reconocer que Foster no es demasiado hábil. Pero es rápido que te cagas, tío.»

«Foster…»

«Otra cosa que tiene Foster, el cabrón nos salió tirado. El Derek Ferguson de los huevos; ¡tres cuartos de millón por eso! ¡Una puta diva es lo que es!»

«Nah, es un futbolista, tío.»

«Foster. Ése sí. Mira, si todos se entregaran como Foster…»

«Vale, vale. Si se pudiese combinar la entrega de Foster con la clase de Ferguson…»

«Ya», asiente el otro Cabeza-de-gorrión, «eso lo admito.»

«La entrega y velocidad de Foster con la clase y la visión de Ferguson.»

«Foster.»

«Eso. Foster, macho.»

«Sí. Wayne Foster. Ya lo creo», medita el Cabeza-de-gorrión, antes de volverse hacia su colega: «¿Otra pinta?»

«Sí.»

Uno de los Cabezas-de-gorrión se acerca hasta la barra pero el camarero se niega a servirle ya que él, el camarero, tiene inclinaciones sectarias que le hacen sentir aversión por los capullos Cabezas-de-gorrión. Por añadidura, ese camarero ha gozado de los beneficios de una educación clásica, lo que le hace sentirse superior a la mayoría de la gente, sobre todo los Cabe-

zas-de-gorrión, a quienes detesta tener que servir. Hay otra razón. Ella está en el bar. Peor aún: Ella está en el bar con Ésa. La aguda vista de los Cabezas-de-gorrión está enfocando a esas dos mujeres, que están sentadas en una esquina del bar, inmersas en su conversación. Si Ella se fuese a casa con un Cabeza-de-gorrión sería el fin para el Erudito Clásico; en cuanto a Ésa, bueno, podía hacer lo que quisiera.

«¿Pero cómo que no?», pregunta el Cabeza-de-gorrión que está en la barra, «¿cómo que no nos quieres servir?» Tiene el pico abierto en un ángulo de noventa grados y sus inmensos ojos negros irradian ansiedad.

El camarero no es en absoluto ornitólogo. Lo suyo son las clásicas, pero hasta él puede percibir el malestar del Cabeza-de-gorrión. No obstante, sacude lentamente la cabeza, evitando mirar a la cara al Cabeza-de-gorrión. Por el contrario, transforma el acto de fregar un vaso en un ritual severo e intenso.