Back The Acid House

Esta intervención por parte de su viejo adversario fue suficiente para hacer explotar a Ornstein. Cogiendo su pinta de eighty shillings, empezó: «No le hagas caso a este viejo cínico popperiano. Lo que pasa es que estos tíos están en contra de la ciencia social, lo cual quiere decir contra la ciencia a secas, y con cada generación sus análisis son más infantiles, maldita sea. Mi argumento es una propuesta materialista relativamente estándar: los denominados fenómenos sin explicación son simples puntos ciegos científicos. Hemos de aceptar el concepto inherentemente lógico de que hay conocimientos ulteriores más allá del alcance humano de lo que conocemos conscientemente, o incluso subconscientemente. La historia de la humanidad lo ejemplifica; nuestros antepasados habrían descrito el sol, o el motor de combustión interna, como magia, cuando no lo son en absoluto. La magia, como los fantasmas y todo eso, no son más que chorradas abracadabrantes para los ignorantes, en tanto que la ciencia desconocida es un fenómeno que podemos o no podemos observar pero que aún no podemos explicar. Eso no significa que sea inexplicable; sólo que no puede ser explicado mediante el socorrido recurso al corpus actual de nuestros conocimientos. Ese corpus de conocimientos está en constante expansión; algún día podremos explicar la ciencia desconocida.»

«No le animes, Fiona», sonrió McGlone, «estará así toda la noche.»

«Sólo si tú no me ganas por la mano. Mira que adoctrinar a tus alumnos con ortodoxias popperianas.»

«Adoctrinar es lo que hacen los del otro bando, Lou. Nosotros educamos», sonrió McGlone. Los dos filósofos se rieron con aquello, una vieja pulla de cuando eran estudiantes. Fiona, la joven estudiante, se excusó. Tenía que ir a una conferencia.

Los dos filósofos la observaron mientras se marchaba del pub.

«Una de mis estudiantes más brillantes», dijo McGlone con una sonrisa de satisfacción.

«Un culo imponente», asintió Ornstein.

Se trasladaron a un rincón de la barra con aspecto intrigante. Lou bebió un trago de cerveza. «Es estupendo verte de nuevo, Gus. Pero escucha, amigo, tenemos que hacer un pacto. Por mucho que me guste venir a Glasgow a verte, me molesta un poco que siempre acabemos discutiendo de lo mismo. No importa cuántas veces digamos que no vamos a hacerlo, siempre acabamos volviendo al viejo debate Popper-Kuhn.»

McGlone asintió sombríamente. «Es un maldito dolor de cabeza. Gracias a él hemos hecho carrera, pero parece ensombrecer nuestra amistad. Acababas de entrar por la puerta y ya estábamos otra vez. Siempre igual. Hablamos de Mary, Phi-lippa, los chicos, y entonces volvemos a hablar del trabajo, ponemos a parir a unos cuantos. A medida que el bebercio hace efecto, volvemos de cabeza a Popper-Kuhn. El “problema es, Lou, que somos filósofos. El debate y la argumentación nos son tan consustanciales como respirar lo es a otros.»