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    Había alguien de pie sobre el puente. Smith aceleró sus pasos, observando su silueta a medida que se hacía visible. Aproximándose a ella, se quedó quieto viéndola fumarse un cigarrillo. Su rostro cetrino se torcía hacia dentro al inhalar con fuerza. Tenía la extraña impresión de que el consumidor era el tabaco y la silueta el producto a consumir: ella se gastaba con cada calada. Pensándolo bien, meditó, esa impresión era totalmente acertada.

    «¿Buscas rollo?», le preguntó ella, sin candor alguno en el tono de voz.

    «Eh, sí, supongo», se encogió de hombros Smith. La verdad es que no lo sabía.

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    Los ojos de ella hicieron un rápido recorrido descendente por el cuerpo de él y carraspeó rápidamente una breve lista de tarifas y condiciones. Smith asintió con la cabeza con la misma débil aquiescencia. Caminaron en silencio de vuelta a su piso, por una calle estrecha limitada por naves en desuso a un lado y una enorme pared de piedra al otro. Un coche rodó lentamente sobre los adoquines, deteniéndose ante la solitaria silueta de otra mujer, que, tras una breve conversación, desapareció en su interior.

    En el piso de Smith fueron directamente al dormitorio y se desnudaron. El hedor a rancio de su aliento no le habría impedido besarla. Ella nunca se cepillaba los dientes porque odiaba que los hombres la besaran. Podían hacer cualquier cosa menos eso. Los besos eran lo único que le impedía olvidar lo que estaba haciendo, lo único que la obligaba a enfrentarse a la espantosa realidad. Smith, sin embargo, no tenía intención alguna de besarla.

    Montó su escuálido cuerpo, hallándose incómodo al principio sobre su huesuda angulosidad. Tenía una expresión helada; los ojos nublados por los opiáceos o la apatía. Smith veía reflejado su propio semblante en el de ella. Se abrió paso entre su aridez a base de breves punzadas, los dos haciendo rechinar los dientes de dolor y concentrándose hasta que los flujos de ella empezaron a manar. Smith encontró cierta cadencia y empezó a bombear mecánicamente, preguntándose todo el rato por qué lo hacía. Ella se movió junto a él, aburrida y de mala gana. Pasaron los minutos; Smith continuó implacablemente con su actividad. Transcurrido cierto lapso, Smith supo que nunca se correría. Su pene parecía endurecerse cada vez más pero al mismo tiempo experimentaba un creciente entumecimiento. Expresiones de sobresalto, después de rechazo y finalmente de incredulidad se apoderaron de la mujer cuando un exigente anhelo dentro de su cuerpo obligó a su mente a unirse con desgana a él en la persecución del orgasmo.