Victoria y Kylie asintieron entusiasmadas, mostrando su acuerdo. Kim no parecía convencida.
«Me revientan las capullas como vosotras.» Sacudió la cabeza. «No sé en qué puto mundo vivís.»
«¿Qué pasa con tu puta jeta, pedazo de cabrona picajosa?», declaró belicosamente Madonna, incorporándose en la silla. «Me estás tocando las putas tetas, Kim, de verdad.»
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«¡Nunca iremos al Leith de los huevos!», dijo Kim con un tono de desdeñoso rechazo. «Estáis soñando, joder.»
«¡Puede que algún día vayamos!», dijo Kylie, apenas con un deje de desesperación en la voz. Las demás asintieron, mostrándose de acuerdo.
Pero en su fuero interno sabían que Kim tenía razón.
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LA MIERDA DE LA ABUELITA
La celadora, la señora French creo que la llaman, me mira de arriba abajo. Resulta bastante obvio que no le gusta lo que ve; su mirada tiene un matiz de penetrante frialdad; decididamente, aquí me están evaluando negativamente.
«Así que», dice con las manos en las caderas, sus ojos revoloteando suspicazmente sobre el reluciente maquillaje amarillo-marrón rematado por una quebradiza cabellera castaña, «¿tú eres el nieto de la señora Abercrombie?»
«Sí», reconozco. No debería ofenderme la señora French. Está haciendo su trabajo. Habría quejas de la familia si estuviera menos alerta en la vigilancia de la viejita. Tengo que reconocer además que estoy menos que presentable: cabello negro lacio y grasiento, una sucia espesura brotando de una cara mortalmente pálida moteada por unos cuantos granos rojos y amarillos. Mi gabán ha visto tiempos mejores y no recuerdo cuándo me mudé de vaqueros, sudadera, camiseta, zapatillas, calcetines y calzoncillos.
«Bueno, supongo que será mejor que pases», dijo la señora French, poniendo de mala gana su considerable mole en movimiento. Logré pasar, no sin rozarme con ella. La señora French era como un petrolero, le costaba cambiar de dirección. «Está en el segundo piso. No vienes a verla muy a menudo, ¿verdad?», dijo poniendo cara de juez.
No. Ésta es la primera vez que vengo a ver a la viejita desde que se vino a vivir a esta residencia para pensionistas. De eso hará más de cinco años. Hoy en día muy pocas familias están unidas. La gente se desplaza, vive en diferentes partes del país,
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llevan vidas distintas. Es inútil lamentarse por algo tan inevitable como la decadencia del círculo familiar tradicional; en cierto modo, es algo bueno porque proporciona empleos a gente como la señora French.
«No vivo por aquí», digo entre dientes, dirigiéndome pasillo abajo, sintiendo una punzada de odio contra mí mismo por justificarme ante la celadora.