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«No presumo de entender mucho de política, Richard. Pero sí te diré que tu análisis me resulta un tanto subjetivo.» Me incorporé, sonriendo a Chrissie, que había regresado con cartones de Háagen-Dazs coronados de slagroom.’

«¿Sabes lo que eres, Euan? ¿Lo sabes?», me pinchaba. Era evidente que Chrissie había estado repasando la lección mientras había ido a por los helados. Ahora nos castigaría con sus observaciones. Me encogí de hombros. «Mírale, el Hombre de Hielo. Yo ya he estado allí, eso ya lo he hecho yo. Estás igual que Richard y yo. Dando tumbos. ¿Adonde decías que querías ir algún día?»

«Ibiza», le dije, «o Rimini.»

«Por la movida de los raves o el éxtasis», apuntó ella.

«Es una buena movida», asentí. «Menos peligrosa que la del caballo.»

«Bien podría ser», dijo ella con presunción. «No eres más que Euroescoria, Euan. Todos lo somos. Aquí es donde el mar arroja toda la escoria. El puerto de Amsterdam. Un cubo de basura para la Euroescoria.»

Sonreí y abrí otra Heineken de la nevera de Richard. «Beberé por eso. ¡Por la Euroescoria!», brindé.

Chrissie entrechocó entusiasmada su botella con la mía. Richard se unió a regañadientes.

Mientras que era obvio que Richard era holandés, me resultaba difícil situar el acento de Chrissie. Si a veces tenía un deje de Liverpool, por lo general parecía un híbrido de inglés de clase media y francés, aunque estaba seguro de que era todo pose. Pero de ningún modo iba a preguntarle de dónde era sólo para que me dijera: De todas partes un poco.

Cuando volvimos a ‘Dam2 aquella noche, vi que Richard se

2. Nata batida, en holandés en el original. (N. del T.) 1. Amsterdam. (N. del T.)

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temía lo peor. En el bar intentó atiborrarnos de copas en lo que evidentemente era un intento desesperado para anular e invalidar lo que iba a ocurrir. Tenía la cara encajada en una expresión de derrota. Yo me iba a casa con Chrissie; no habría quedado más claro aunque ella lo hubiera anunciado en el periódico.

«Estoy destrozada», bostezó. «El aire del mar. ¿Me acompañas a casa, Euan?»

«¿Por qué no esperas a que termine mi turno?», suplicó desesperadamente Richard.

«Ay, Richard, estoy completamente agotada. No te preocupes por mí. A Euan no le importa llevarme hasta la estación, ¿verdad que no?»

«¿Dónde vives?», intervino Richard, dirigiéndose a mí, intentando recuperar cierto grado de control sobre los acontecimientos.

Enseñé la palma dando el alto, y me volví hacia Chrissie. «Es lo mínimo que puedo hacer después de que Richard y tú me hayáis hecho pasar un rato tan bueno. Además, yo también debería echar una cabezada», proseguí, con un tono de voz bajo y empalagoso, dejando que una sonrisa pringosa y lánguida moldease mis facciones.

Chrissie le dio a Richard un besito en la mejilla. «Mañana te llamo, cariño», dijo ella, examinándole como una madre indulgente a un pequeño contrariado.

«Buenas noches, Richard», sonreí mientras nos disponíamos a salir. Le sostuve a Chrissie la puerta y mientras salía me volví hacia el atormentado necio de detrás de la barra, le guiñé el ojo y enarqué las cejas: «Dulces sueños.»