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«Sí», sonrío, «esta ensalada de marisco es excelente. Bien mirado, si no puedes conseguir buen marisco en alta mar, ¿dónde vas a conseguirlo, eh?»

Marianne sonríe y charlamos de cosas intrascendentes durante un rato. Entonces ella dice: «Es una tragedia lo de Yugoslavia.»

Yo me pregunto si se refiere a que no podemos atracar allí a causa del conflicto, o a la miseria que el conflicto ha provocado en la población. Decido optar por la interpretación compasiva. Marianne parece una persona de talante humanitario. «Sí, un sufrimiento terrible. Dubrovnik fue uno de los momentos culminantes del viaje cuando estuve aquí con Joan.»

«Ah, sí…, tu esposa…, ¿qué le sucedió, si no te molesta la pregunta?»

«Eh, un accidente. Si no te importa, preferiría no hablar de

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ello», dije, llevándome un tenedor lleno de lechuga a la boca. Estoy seguro de que, más que para comérsela, está allí como adorno, algo que ver con el lugar que ocupa en el plato. La etiqueta nunca fue lo mío. Joanie, tú me habrías enmendado la plana.

«Lo siento de veras, Jim», dice ella.

Sonrío. Un accidente. En este barco, en este crucero. ¿Un accidente? No.

Llevaba algún tiempo hundida. Deprimida. La menopausia, o ¿quién sabe? No sé por qué. Eso es lo más horrible de todo, que yo no sepa por qué. Pensé que el crucero le sentaría a las mil maravillas. Y así pareció, durante un tiempo. Justamente cuando salíamos del Adriático, de vuelta al Mediterráneo, se tomó las pastillas y se confundió en la noche por uno de los costados del barco. En el mar. Me desperté solo; he estado solo desde entonces. Fue culpa mía, Joan, todo el bendito montaje. Si hubiese intentado comprender cómo te sentías. Si no hubiese hecho la reserva para este puñetero crucero. Así de pu-ñeteramente idiota es el viejo Jim Banks. La salida fácil. Debí haberme sentado a hablar, hablar y vuelta a hablar. Podríamos haberlo arreglado todo, Joan.

Siento una mano sobre la mía. La de Marianne. Tengo lágrimas en los ojos, como si fuera un maldito tipo rarito de ésos.

«Te he disgustado, Jim. De verdad, cuánto lo siento.»

«No, en absoluto», sonrío.

«De verdad que te entiendo, sabes que sí. Mamá… era tan difícil.» Ahora es ella quien se echa a llorar. Vaya una pareja de benditos. «Hice todo lo que pude. Tuve mis oportunidades de vivir una vida diferente. No sabía realmente lo que quería. Una mujer siempre tiene que escoger, Jim, escoger entre el matrimonio y los hijos y una profesión. En algún momento. No sé. Mamá siempre estaba allí, necesitada. Ganó por defecto. La profesional se convirtió en la solterona, ya ves.»

Parecía muy dolida y trastornada. Mi mano se afianzó sobre la suya. La forma en que mira al suelo y levanta repentinamente la cabeza para encontrarse con mi mirada: me recuerda a Joan.

«No te subestimes», le digo. «Eres una mujer excepcional-mente valiente y muy hermosa, además.»

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Sonríe, ya más tranquila: «Eres todo un caballero, Jim Banks, y dices unas cosas muy bonitas.»