«NO, TÍO… ¡NO!», protesté.
«¡Embustero! ¡Jodido hipócrita! La trataste como si fuera una mierda. Tú y otros como tú. No le hiciste ningún bien. La usaste como un trapo viejo y luego te deshiciste de ella. Te aprovechaste de su debilidad, de su necesidad de dar. La gente como tú lo hace siempre.»
«¡No! No fue así», supliqué, sabiendo muy bien que así había sido exactamente.
Se quedó de pie mirándome durante un rato. Era como si mirase más allá de mí, contemplando algo que no resultaba visible desde mi posición. Rompí un silencio que probablemente había durado sólo unos segundos, aunque parecieron minutos. «Quiero ir al funeral, Richard.»
Me sonrió cruelmente. «¿En Jersey? No irás hasta allí.»
«Las islas Normandas…», dije, dudando. No sabía que Chrissie era de allí. «Iré», le dije. Estaba decidido a ir. Me sentía lo bastante culpable. Tenía que ir.
Richard me escrutó despectivamente y entonces empezó a hablar en un tono de voz bajo, abrupto. «St Helier, Jersey. En casa de Robert Le Marchand, el padre de Chrissie. Es el próximo martes. Su hermana estuvo aquí, haciendo las gestiones para llevarse el cadáver.»
«Quiero ir. ¿Tú vas?»
Se burló de mí. «No. Está muerta. Yo quise ayudarla cuando vivía.» Se dio la vuelta y se marchó. Vi cómo su espalda se desvanecía hasta desaparecer, y a continuación entré otra vez en el piso temblando incontrolablemente.
Tenía que llegar a St Helier antes del martes. Ya me ente-
40
raría de los detalles del paradero de Le Marchand cuando llegase allí. Anna quería venir. Dije que no sería un buen compañero de viaje, pero insistió. En su compañía, y la de un sentimiento de culpa que parecía haberse filtrado hasta el coche de alquiler, conduje por las autopistas de Europa, atravesando Holanda, Bélgica y Francia, hasta el pequeño puerto de St Malo. Comencé a pensar, en Chrissie, claro, pero también en otras cosas que normalmente no me preocupan. Empecé a pensar en la política de la integración europea, en si era algo bueno o malo. Intenté casar la visión de los políticos con la paradoja que veía a lo largo de aquellos kilómetros de feas autopistas europeas; incompatibilidades absurdas con un inexorable destino compartido. La visión de los políticos parecía simplemente otro chanchullo más para sacar dinero u otro enorme flipe de poder. Devoramos todas aquellas monótonas carreteras antes de llegar a St Malo. Después de registrarnos en un hotel barato, Anna y yo nos emborrachamos a tope. A la mañana siguiente tomamos el ferry para Jersey.
Llegamos el lunes por la tarde y buscamos otro hotel. No había absolutamente ningún aviso de funeral en el Jersey Eve-ning Post. Conseguí un listín y traté de localizar a Le Marchand. Había seis, pero sólo un R. Por el auricular salió una voz de hombre.
«Diga.»
«Hola. ¿Podría hablar con el señor Robert Le Marchand?»
«Al habla.»
«Siento mucho molestarle a estas horas. Somos amigos de Chrissie, venimos de Holanda para el funeral. Tenemos entendido que es mañana. ¿Le importaría que asistiéramos?»