Back The Acid House

Lou daba resueltas zancadas calle abajo. Le impresionaba aquel lugar, esa mezcla de lo tradicional y lo nuevo, y los enormes solares vacíos le recordaban al vecindario judío-irlandés en el que se había criado en el North Side de Chicago. Gus McGlone paseaba lentamente detrás de él, tratando de aparentar una tranquilidad que no sentía. Ornstein paró en la calle a una mujer mayor.

«Perdone, señora, ¿podría decirnos dónde está el pub más cercano?»

La diminuta mujer dejó caer su bolsa de la compra, se dio la vuelta y señaló al otro lado de la calle. «Aquí mismo, hijo.»

«¡Brechin’s Bar! Excelente», dijo Lou, entusiasmado.

«Se dice Breekins Bar, no Bretchins», le corrigió Gus.

«Como en Brechin City, ¿verdad? Brechin City dos, Forfar uno, ¿no?»

«Sí.»

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«Así que los tíos que beben ahí apoyarán al Brechin City.»

«No lo creo», dijo Gus, mientras salían del bar dos hombres con bufandas azules. Ese día había un gran partido en Ibrox; Rangers contra Celtic. Hasta McGlone, a quien no le interesaba demasiado el fútbol, lo sabía.

Entraron. La barra redonda con encimera de formica estaba abarrotada, algunos grupos de hombres viendo la televisión, otros jugando al dominó. Sólo había dos mujeres en aquel lugar. Una era una camarera de mediana e indeterminada edad, la otra una vieja cuba babosa. Había un grupo de hombres jóvenes con bufandas azules cantando una canción acerca de algo que vistieron sus padres,1 que Lou no acababa de entender. «¿Eso era una canción del fútbol escocés?», le preguntó a Gus.

«Algo así», observó Gus con inquietud mientras se procuraba dos pintas. Encontraron sitio para sentarse junto a dos viejos que jugaban al dominó.

«¿Todo bien, chicos?», dijo sonriendo uno de los viejos.

«Sí, por supuesto, amigo», asintió Ornstein.

«No eres de por aquí», se rió el viejo, y entablaron conversación.

Uno de los viejos jugadores de dominó era especialmente parlanchín, y parecía tener puntos de vista sobre cualquier cosa. Los dos filósofos cabecearon maliciosamente en dirección al otro: aquél era su hombre. Empezaron a desglosar sus respectivos argumentos.

Los dos viejos sopesaron los puntos en cuestión. «Es como dice aquí el chico», opinó uno, «en este mundo hay más de lo que conocemos.»

«Pero no son más que nombres», dijo el otro. «Magia, ciencia, ¿qué cojones importa? ¡No son más que nombres que les damos!»

El debate siguió avivándose, y se volvió cada vez más apasionado a medida que se iba consumiendo más alcohol. Los dos filósofos estaban un poco bebidos, y se volvieron muy antagónicos. Apenas se dieron cuenta de que la discusión había atraído la atención de varios espectadores, hombres jóvenes ataviados de azul, rojo y blanco, que habían rodeado la mesa.

1. Fragmento de la letra de una canción sectaria protestante. (N. del T.)

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