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«¿Qué clase de animal hace eso?», preguntó Mike Flynn, en un estado de rabiosa indignación. «Si pudiera ponerle la manos encima a ese hijo de puta…» Dejó debilitar amenazadora-mente su voz.

«Es evidente que necesita ayuda», dijo Yvonne Lumsden.

«Ya le daría yo ayuda. Un balazo entre ceja y ceja.»

Discutieron desde posturas encontradas, uno haciendo hincapié en la suerte de la niña secuestrada, la otra en las motivaciones del secuestrador. En un momento de impasse, se volvieron hacia un Smith de incómoda expresión en busca de arbitrio.

«¿A ti que te parece, Ian?», preguntó Yvonne.

«No sé. Sólo espero que encuentren ilesa a la chica.»

Yvonne pensó que el tono de Ian Smith indicaba que no tenía grandes esperanzas de que así fuera.

Fue poco después de esta discusión cuando Smith decidió pedirle a Yvonne una cita. Ella dijo que no. A él ni le sorprendió ni le desilusionó. En realidad, sólo se la había pedido porque pensaba que era algo que debía hacer, más que algo que quisiera hacer. Había llegado por correo una invitación para la boda de un primo. Smith pensaba que debía asistir acompañado. Como de costumbre, se retiró a pasar un fin de semana rodeado de vídeos. Decidió rehusar la invitación, aduciendo una enfermedad como excusa. Había una gripe pululando por ahí.

Aquel sábado por la tarde su hermano Pete vino a verle a casa. Smith escuchó el timbre pero decidió no hacer caso. No quiso tomarse la molestia de congelar la imagen de Le llamaban Bodhi, pues se encontraba en una escena clave en la que el agente secreto del FBI Keanu Reeves estaba a punto de entablar amistad con el surfista Patrick Swayze e iban a hacer causa común contra unos adversarios supercachas. A la tarde siguiente sonó el timbre otra vez. Smith hizo caso omiso, pues estaba inmerso en Terciopelo azul.

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Una nota se coló por la rendija de la puerta, y Smith no la descubrió hasta el lunes por la mañana, cuando estaba a punto de salir hacia el trabajo. Decía que su madre había sufrido una trombosis y estaba muy grave. Llamó por teléfono a Pete.

«¿Cómo está mamá?», preguntó, sintiéndose culpable por ser incapaz de infundir un tono de mayor preocupación a su voz.

«Murió anoche», le dijo la voz sepulcral y desafinada de Pete.

«Ah…, bueno…», dijo Smith, colgando a continuación el auricular. No sabía qué otra cosa podía decir.

Desde el año en que se había abonado a la televisión por satélite, Ian Smith había engordado unos veinte kilos, simplemente sentándose en el sillón masticando galletas, barras de chocolate, helados, cenas a base de fish and chips, pizzas, comida china a domicilio y aperitivos preparados en el mi-croondas. Incluso empezó a tomarse días de baja por enfermedad de vez en cuando para poder quedarse viendo vídeos mañana y tarde. No obstante, la mañana que supo que había muerto su madre, fue a trabajar.

Sintió una leve congoja en el pecho durante el funeral; contrastaba con el estupefacto dolor de su hermano y la incrédula histeria desplegada por su hermana. El dolor de Smith alcanzó su punto álgido cuando recordó el amor que ella le había dado de niño. Sin embargo, imágenes de película se intercalaban constantemente entre aquellos recuerdos, anestesiando el dolor. Por mucho que lo intentara, Smith era incapaz de soportar aquellas reflexiones hasta el punto de que su patetismo pudiese herirle. En cuanto se presentó la oportunidad, se escabulló del funeral y se fue a casa, no sin pasar antes por dos tiendas de alquiler de vídeos, con el pecho re-tumbándole y la boca salivando de anticipación al poder tachar otro par de entradas de Halliwell’s. Estaba cada vez más cerca.