Back The Acid House

Los pasillos tienen un olor mohoso y fétido a pis y cuerpos rancios. La mayoría de la gente que está aquí parece hallarse en un estado de enfermedad tan avanzado que no puedo por menos que confirmar mi intuición de que tales lugares no son sino antecámaras de la muerte. De ello se sigue que mis actos no van a alterar la calidad de vida de la viejita: apenas se dará cuenta de que el dinero ha desaparecido. Parte de él probablemente pasará a mis manos de todos modos, cuando acabe por palmarla; ¿así que para qué cojones esperar hasta que ya no me sirva de nada? La viejita podría aguantar una burrada de años en plan vegetal. Sería una tontería totalmente perversa y contraproducente no darle el palo ahora, dejarse constreñir por un conjunto de tabúes estúpidos e irrelevantes que pasan por moralidad. Necesito lo que tiene en la caja.

Lleva mucho tiempo en la familia: la caja de galletas de la abu. Ahí está, debajo de la cama, repleta de fajos de billetes. Recuerdo que, de crío, cuando era nuestro cumpleaños lo abría y separaba de lo que era al parecer una fortuna unos cuantos billetes, cuya ausencia no hacía mella alguna en su fajo.

Los ahorros de toda una vida. ¿Ahorros para qué? Ahorros para nosotros, claro; vieja capulla embobada: demasiado débil, demasiado inútil para disfrutar o siquiera emplear su riqueza. Pues bien, me cogeré mi parte ahora, abuelita, muchísimas gracias.

Llamo a la puerta. Abercrombie, sobre un fondo de cuadros escoceses. Siento un escalofrío en la espalda y mis articulaciones están rígidas y doloridas. No tengo demasiado tiempo.

Abre la puerta. Parece tan pequeña, es como un títere arrugado, como Zelda de los Terrahawks.

«Abuela», sonrío.

«¡Graham!», dice, su rostro ensanchándose cálidamente. «¡Dios, no me lo puedo creer! ¡Pasa! ¡Pasa!»

10$

Me hace sentar, parloteando emocionada, va y viene cojeando a su pequeña cocina adosada, mientras prepara un té lentamente y con esfuerzo.

«Siempre le pregunto a tu madre cómo es que nunca vienes a verme. Siempre venías los sábados a cenar, ¿te acuerdas? A comer carne picada, ¿te acuerdas, Graham?», dice.

«Ya, la carne picada, abuela.»

«Donde vivía antes, ¿te acuerdas?» dijo melancólicamente.

«Me acuerdo muy bien, abuela», asentí. Era un tugurio infestado de alimañas, no apto para ser habitado por seres humanos. Odiaba aquella asquerosa vivienda: aquella escalera, el último piso sorpresa sor-puta-presa, y yo con la parte anterior de las piernas hecha mierda por el asqueroso ritual de caminar arriba y abajo de Leith Walk y Junction Street; ella allí de pie, ajena a nuestro dolor, mientras cascaba de un montón de chorradas irrelevantes y banales con todas las demás viejas perras que se cruzaban en nuestro camino; mi hermano mayor Alan pagando su exasperación conmigo dándome puñetazos o patadas o retorciéndome el brazo cuando ella no miraba, y si lo hacía le daba igual. Mickey Weir1 recibe más protección de Syme en Ibrox de la que yo recibí jamás por parte de esa vieja capu-Ua. Y después de todo eso las putas escaleras. ¡Dios, cómo odiaba aquellas putas escaleras!