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«Estúpida guarra de mierda», se burló el poli moreno.

Ange estaba muy afligida cuando la saqué al aire libre. Las lágrimas le caían por la cara como un reguero. Se le estaba haciendo un huevo en la frente. «Le has vendido, ¿no? ¿NO?» Se le estaba corriendo el rímel. Parecía Alice Cooper.

El numerito no convencía, sin embargo. «¿Y tú no?»

Su silencio lo decía todo, y a continuación confesó, hastiada.

«Sí, bueno, de momento no había más remedio, ¿no? Quiero decir, tenía que salir de ahí. Lo estaba pasando fatal allí dentro.»

«Sé lo que quieres decir», asentí. «Más tarde lo arreglaremos. Iremos a ver a un abogado. Le diremos al cabrón que firmamos esas declaraciones bajo coacción. Don saldrá riéndose. Hasta tendrán que indemnizarle. Eso es, lo arreglamos, nos desenganchamos, ponemos las cosas en regla y vamos a ver a un abogado. A la larga una temporada en prisión preventiva le hará bien. Podrá desengancharse. ¡Joder, nos lo acabará agradeciendo!»

Ya mientras lo decía, sabía que era prometer la luna. Yo desaparecería; dejaría a Don en manos del destino que le tocara. Pero pasar por aquella pantomima me hacía sentir mejor.

«Sí, así se desenganchará», asintió Ange.

Fuera de la comisaría había un grupo de manifestantes. Al parecer habían estado toda la noche de vigilia. Protestaban

por el tratamiento que la Oíd Bill’ local daba a la juventud negra, y en particular por Earl Barratt, un tío que entró en la comisaría de Stokie una noche y al día siguiente salió tieso en una bolsa de plástico. Muy resbaladizas, esas putas escaleras.

Reconocí a un tío de la prensa negra, The Voice, y me fui hacia él. «Escucha, colega, tienen a un tío negro allí dentro. Le han forrado pero de qué manera. Nos obligaron a firmar una declaración.»

«¿Cómo se llama?», preguntó el tío con una pija voz anglo-africana.

«Donovan Prescott.»

«¿El tío de Kingsmead? ¿El picota?»

Me quedé mirándole mientras se le endurecían las facciones.

«No ha hecho nada malo», intercedió Ange.

Le apunté con el dedo, proyectando hacia él la ira que sentía contra mí mismo. «¡Joder, publícalo y a la mierda, pedazo de capullo! ¡Da igual lo que sea, tiene el mismo derecho que cualquier otro cabrón!»

«¿Cómo te llamas, mon?»,2 preguntó un compinche.

«¿Y eso qué tiene que ver?»

«Bájate a la redacción. Te sacaremos la foto», sonrió el tío africano. Él sabía que eso no era posible. Yo no pensaba decirle nada a ningún cabrón; si lo hacía, la policía me levantaría la veda.

«Haced lo que os dé la gana, joder», dije, volviéndome.

Una mujer corpulenta se me acercó y empezó a gritar: «¡Allí dentro tienen a buenos chicos cristianos. Leroy Ducane y Orit Campbell. Chicos que nunca han hecho nada malo. Hablamos de esos chicos, no de ningún asqueroso demonio droga-dicto.»

Un rasta alto con gafas a lo John Lennon agitó amena-zadoramente una pancarta en mis narices. En ella podía leerse:

1. Vieja denominación cockney de la policía. (N. del T.)