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    La vida social de Smith no había sido precisamente febril antes de la partida de Julie y la adquisición de la antena parabólica. Tras estos acontecimientos, sin embargo, los mínimos y testimoniales lazos sociales que tenía con el mundo exterior quedaron truncados. Salvo para ir a trabajar, se convirtió en un recluso. Dejó de visitar a sus padres los domingos. Para ellos fue un alivio, agotados por sus intentos de forzar la conversación, nerviosos durante los embarazosos silencios a los que Smith parecía resultar ajeno. Sus infrecuentes visitas al pub también cesaron. Su hermano Pete y su mejor amigo, Dave Cárter (o más bien, el padrino de su boda), no repararon realmente en su ausencia. Uno de los habituales dijo: «Ya no se ve a como-se-llame por aquí.»

    «Sí», dijo Dave. «No sé en qué andará.»

    «Probablemente proxenetismo, chantaje y asesinatos por encargo», se rió Pete irónicamente.

    En el bloque de pisos donde vivía Smith, los niños de los Marshal estaban siempre chillando, crispando aún más los nervios de su turbada y solitaria madre. Peter y Melody Syme estarían follando con todo el ardor de una pareja recién llegada de su luna de miel. La vieja señora McArthur estaría haciendo un té o mimando a su gato blanco y anaranjado. En la puerta de

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    enfrente Jimmy Quinn habría traído a unos colegas y estarían fumando costo. Ian Smith estaría viendo vídeos.

    En el trabajo había una noticia que soliviantaba especialmente a la gente. Una niña de seis años llamada Amanda Heat-ley había sido raptada en la calle e introducida en un coche a escasos metros de su colegio.

    «¿Qué clase de animal hace eso?», preguntó Mike Flynn, en un estado de rabiosa indignación. «Si pudiera ponerle la manos encima a ese hijo de puta…» Dejó debilitar amenazadora-mente su voz.

    «Es evidente que necesita ayuda», dijo Yvonne Lumsden.

    «Ya le daría yo ayuda. Un balazo entre ceja y ceja.»

    Discutieron desde posturas encontradas, uno haciendo hincapié en la suerte de la niña secuestrada, la otra en las motivaciones del secuestrador. En un momento de impasse, se volvieron hacia un Smith de incómoda expresión en busca de arbitrio.

    «¿A ti que te parece, Ian?», preguntó Yvonne.

    «No sé. Sólo espero que encuentren ilesa a la chica.»

    Yvonne pensó que el tono de Ian Smith indicaba que no tenía grandes esperanzas de que así fuera.