Back The Acid House Save as PDF

Paseamos por el barrio rojo, junto a los canales de Voor-burg y Achterburg, disfrutando del aire y del bullicio. «Richard es increíblemente posesivo. Qué pesado», rumió Chrissie.

«Es indudable que tiene un buen corazón», dije.

Caminamos en silencio hasta Centraal Station, donde Chrissie cogía el tranvía hasta donde vivía, más allá del estadio del Ajax. Decidí que había llegado el momento de declarar mis intenciones. Me volví hacia ella y dije: «Chrissie, me gustaría pasar la noche contigo.»

Se volvió hacia mí con los ojos semicerrados y el mentón sa-

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cado. «Eso me parecía», contestó con presunción. Era de una arrogancia increíble.

Un traficante apostado en un puente sobre el canal de Ach-terburg nos apuntó con la mirada. Haciendo gala de un agudo sentido del oportunismo y el espíritu mercantil musitó: «Ecs-tasy for the sex.» Chrissie levantó una ceja e hizo ademán de detenerse, pero yo la conduje hacia adelante. La gente dice que los X son buenos para follar, pero a mí sólo me dan ganas de bailar y dar achuchones. Además, hacía tanto tiempo desde la última vez que tenía las gónadas como globos saltarines. Lo último que necesitaba era un afrodisíaco. Chrissie no me atraía. Me hacía falta un polvo; así de simple. El jaco tiende a imponer una moratoria sexual y el despertar poscaballo te machaca sin remisión; y si te pica te rascas. Estaba harto de meneármela sentado en el cuarto de estar de Rab/Robbie, del rancio y mohoso olor de mi lefa mezclándose con los vapores del hachís.

Chrissie compartía apartamento con una chica guapa y nerviosa llamada Margriet, que se comía las uñas, se mordía el labio inferior y hablaba el holandés con rapidez y el inglés con lentitud. Nos quedamos charlando un rato, y a continuación Chrissie y yo nos fuimos a la cama en su habitación de color pastel.

Empecé a besarla y a tocarla, y Richard nunca se alejaba de mis pensamientos. No quería preliminares, no quería hacer el amor, con aquella mujer no. Quería follármela. Ya. La única razón por la que le metía mano era Richard; pensaba que si me lo tomaba con calma y hacía un buen trabajo, tendría mayor dominio sobre ella y por tanto la oportunidad de fastidiarle mucho más.

«Folíame…», murmuró. Levanté el edredón y me estremecí automáticamente al ver de reojo su vagina. Era fea; roja y con cicatrices. Estaba un poco avergonzada y me explicó tímidamente: «Una amiga y yo estuvimos jugando… con botellas de cerveza. Fue simplemente una de esas cosas que pasan cuando a una se le va la mano. Me duele tanto allá abajo…», se frotó la entrepierna, «Házmelo por detrás, Euan, me gusta. Aquí tengo la vaselina.» Se estiró para llegar al mueble que había junto a la cama y, revolviendo en un cajón, sacó un tarro de KY. Co-

menzó a engrasar mi polla erecta. «No te importa metérmela por el culo, ¿verdad? Copulemos como los animales, Euan…, eso es lo que somos, la Euroescoria, ¿recuerdas?» Se dio la vuelta y empezó a aplicarse la vaselina en el culo, empezando por la hendidura entre sus nalgas y, a continuación, metiéndosela directamente en el ojete. Cuando hubo terminado metí el dedo para ver si había mierda. Anal no me importa, pero la mierda ya me supera. Sin embargo estaba limpio, y desde luego era más bonito que su coño . Sería mejor polvo que aquel revoltijo deforme y lleno de cicatrices. Juegos de bolleras. Anda ya. ¿Con Margriet? ¡Seguro que no! Dejando aparte la estética, padecí ansiedad de castración, visualizando su chocho lleno aún de cristales rotos. Me conformaría con su culo.