«¿De Holanda?», repitió en tono de hastío.
«Sí. Estamos en el Hotel Gardener’s.»
«Bueno, han recorrido un largo camino», declaró. Su pijo y suave acento inglés rechinaba. «El funeral es a las diez. La capilla de St Thomas, justo al volver la esquina de su hotel, de hecho.»
«Gracias», dije, mientras la línea se cortaba. De hecho… Por lo visto todo era una simple cuestión de hecho para el señor Le Marchand.
Me sentí absolutamente agotado. Sin duda la frialdad y hos-
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tilidad de aquel hombre eran debidas a ciertas suposiciones sobre los amigos de Chrissie de Amsterdam y las circunstancias de su muerte; su cuerpo estaba atiborrado de barbitúricos cuando lo pescaron en el puerto, aún más abotargado a causa del agua.
Durante el funeral me presenté a su madre y su padre. Su madre era una mujer pequeña y marchita, aún más menguada por la tragedia, que había alcanzando una fragilidad próxima a la nulidad. Su padre parecía que cargaba una enorme culpa que debía expiar. Pude percibir su sensación de fracaso y horror y ello me hizo sentirme menos culpable respecto de mi pequeño pero decisivo papel en el fallecimiento de Chrissie.
«No seré hipócrita», dijo. «No siempre nos gustamos, pero Christopher era mi hijo y le quería.»
Sentí un nudo en el pecho. Los oídos me zumbaban y parecía que me faltaba el aire. No distinguía ningún sonido. Logré asentir y me excusé, alejándome del racimo de deudos reunidos alrededor de la tumba.
Me quedé temblando de confusión, mientras los acontecimientos pasados se abismaban en mi mente. Anna me abrazó con fuerza, y los asistentes debieron de pensar que me encontraba sumido en el dolor. Una mujer se acercó a nosotros. Era una versión más joven, más delgada y más bonita de Chrissie… Chris…
«Lo sabéis, ¿verdad?»
Me quedé contemplando el vacío.
«No le digáis nada a mamá y papá. ¿No os lo dijo Richard?»
Asentí sin comprender.
«Mamá y papá se morirían del disgusto. No saben lo de su cambio… Yo traje el cuerpo a casa. Hice que le cortaran el pelo y le pusieran un traje. Les soborné para que no dijeran nada… sólo provocaría dolor. No era una mujer. Era mi hermano, ¿os dais cuenta? Era un hombre. Así nació y así lo han enterrado. Cualquier otra cosa sólo haría sufrir a los que se quedan. ¿No os dais cuenta?», suplicó. «Chris estaba confundido. Hecho un lío. Un lío aquí dentro», se señaló la cabeza. «Dios, lo intenté, todos lo intentamos. Mamá y papá podían con lo de las drogas, incluso con la homosexualidad. Todo eran experimentos con Christopher. Trataba de encontrarse…,
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ya sabéis cómo son.» Me miró con un desprecio embarazoso: «Quiero decir esa clase de personas.» Empezó a sollozar.
Estaba consumida por el dolor y la ira. En semejantes circunstancias había que concederle el beneficio de la duda, aunque ¿qué ocultaba? ¿Cuál era el problema? ¿Qué tenía de malo la realidad? Como ex yonqui conocía la respuesta. A menudo es mucho lo que la realidad tiene de malo. En cualquier caso, ¿la realidad de quién?