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Recuperado el control sobre sí mismo, apareció, sólo para

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encontrarse con uno de los Cabezas-de-gorrión de pie ante él en la barra.

«¿Cómo es que no nos servís, colega? ¿Qué es lo que hemos hecho? No vamos ciegos ni nada de eso. Sólo hemos venido a tomarnos unas copas tranquilamente, sabes. Sólo estábamos charlando sobre el partido, ¿sabes? Wayne Foster y eso.»

Lo mejor era no hablar siquiera con un Cabeza-de-gorrión. Era importante recordar las reglas doradas del trabajo de barra en lo tocante a Cabezas-de-gorrión:

1. ACTUAR CON DECISIÓN.

2. PERMANECER IMPLACABLEMENTE EN POSESIÓN DE ESA DECI
SIÓN INICIAL, AL MARGEN DE QUE ESA DECISIÓN SEA JUSTA O
NO.

3. JAMÁS INTENTES EXPLICAR LA(S) RAZÓN(ES) DE TU DECISIÓN
AL CABEZA-DE-GORRIÓN. JUSTIFICÁNDOTE O RAZONANDO SÓLO
COMPROMETES TU AUTORIDAD.

Ésas eran las reglas del juego. Siempre.

Sacudió negativamente la cabeza hacia los Cabezas-de-gorrión. Ellos soltaron algunos juramentos y se marcharon.

Pocos minutos después, Ella se levantó. Ernie, situado en la otra punta de la barra, se acercó para servirla, pero continuó charlando con un par de clientes al darse cuenta de que ella se dirigía hacia el Erudito Clásico.

«Craig», le dijo ella, «me ha gustado cómo has tratado a esos dos tíos raros picudos con plumas en la cara. Nos estaban dando repelús. ¿Cuándo terminas esta noche?»

«Eh, dentro de media hora.»

«Estupendo, quiero que vengas a casa conmigo y mi amiga Rosalyn. Conoces a Rosalyn, no…, ja, ja, ja, claro que sí.»

«Vale.»

«Que quede claro, Craig, no vamos a follar contigo, no vas a sacarnos nada. Eres un hombre bastante sexy pero te tomas demasiado en serio. Queremos enseñarte algo sobre ti. ¿Vale?» Sonrió y volvió a donde estaba sentada su amiga.

El Erudito Clásico se preguntó para qué le querrían. De todos modos, iría. Podría resultar revelador. No importaba si uno era un Cabeza-de-gorrión o incluso un Erudito Clásico; en la vida siempre había lecciones nuevas por aprender.

DONDE LOS DESECHOS DESEMBOCAN EN EL MAR

La casa de Santa Mónica estaba a una elegante distancia de Palisades Beach Road, el bullicioso paseo marítimo de la ciudad. Aquello era la cúspide de la ciudad, su opulencia servía a los >2¿PEÍ£S <iue moraban en las propiedades más al sur de la costadelPacífico de cima a la que aspirar. Era una vivienda de dos plantas de estilo español, oculta en parte desde la carretera por un enorme muro de piedra, y una selección de árboles indígenas americanos e importados. A escasos metros hacia el interior del muro, una valla de seguridad electrificada recorría el perímetro de la propiedad. Pasada la puerta que daba entrada al terreno, estaba escondida discretamente una garita, y fuera de ella se sentaba un fornido guarda con gafas de espejo.

Indudablemente, la impresión de conjunto que producía aquella residencia era de opulencia. A diferencia de lo que sucedía en la vecina Beverly Hills, sin embargo, aquí el concepto de riqueza parecía más utilitario, en vez de dominado por la preocupación por el estatus. La impresión era que la riqueza estaba aquí para ser consumida, en vez de para lucirla ostentosamente con objeto de provocar respeto, asombro o envidia.