«¡Vamos! ¡Te lo vas a comer, chiquilla, maldita sea!», soltó con ferocidad. Lisa se dobló como si las palabras hubiesen tenido impacto físico.
«Déjala, Gary. Si no quiere, no hace falta que se lo coma», terció Marge. Gary apartó la vista de la niña. Aprovechando la oportunidad, Lisa se levantó de la mesa de un brinco y salió de la habitación.
«Adonde crees que…», comenzó Gary.
«Ay, déjala estar», bufó Marge.
Gary la miró y meneó el tenedor como un maníaco. «Yo digo una cosa, tú dices otra. ¡No es de extrañar que no me tengan puto respeto ni en mi puñetera casa!»
Marge se encogió tímidamente de hombros. Gary tenía genio, y estaba verdaderamente crispado desde que lo habían soltado. Se volvió hacia mí implorando comprensión. «¿Te das
cuenta, Jock?1 ¡Pero es que siempre, joder! ¡Me tratan como si fuera invisible, joder! En mi puta casa. ¡Mi puñetera hija! Mi puñetera señora, por el amor de Cristo», se lamentaba, señalando burlonamente hacia Marge.
«Cálmate, Gal», dije. «Marge nos ha agasajado con una comilona espléndida. Un papeo estupendo, Marge. Lisa no tiene la culpa de que no le guste, ya sabes cómo son los crios. Tienen papilas gustativas distintas de las nuestras, y todo eso.» Marge sonreía en señal de aprobación; Gary se limitó a encogerse de hombros y mirar ceñudamente al vacío. Terminamos lo que quedaba, interrumpiendo el atracón con los ceremoniosos diálogos de rigor; discutimos las posibilidades del Arsenal para la siguiente temporada, comparamos los méritos de la nueva cooperativa del centro comercial de Dalston con los del Sainsbury que hay enfrente, indagamos en los parentescos y probable orientación sexual del nuevo gerente que se había hecho cargo de Murphy’s, y debatimos sin pasión los pros y los contras de la reapertura de la estación local de ferrocarriles de London Field, clausurada hacía años a causa de los daños provocados por un incendio.
Finalmente Gary se repantigó y eructó, se estiró y se puso en pie. «Muy buena manduca, nena», dijo, apaciguándola. A continuación se volvió hacia mí: «¿Estás listo?»
«Sí», respondí, incorporándome.
Gary despejó la interrogante que había en el rostro perplejo de Marge. «Yo y Jock tenemos que hablar de unos asuntos, ¿eh?»
A Marge se le puso cara de perro. «No irás a robar otra vez, ¿verdad?»
«Te dije que no, ¿no?», respondió agresivamente Gary. Los encendidos ojos y la boca retorcida de ella se encontraron con la mirada de él. «¡Me lo prometiste! ¡ME LO PROMETISTE, JODER! Todas las putas cosas que dijiste…»
«¡No voy a robar! ¡Jock!», imploró. Marge posó sobre mí sus grandes ojos suplicantes. ¿Me pedía que le contara la verdad o que le contara lo que ella quería oír? Las promesas de Gary.
1. Apelativo genérico empleado por los ingleses para designar a los escoceses, tanto en particular como en general. (N. del T.)
14
Promesas tantas veces hechas; tantas veces rotas. Independientemente de lo que yo le dijese en aquel momento, volverían a desilusionarla de nuevo: Gary o cualquier otro tío. Para alguna gente no hay escapatoria frente a ciertas decepciones.