Back The Acid House Save as PDF

Volvimos a mi casa. Mi piso solitario, aún más solitario con dos personas dentro. Yo me senté en el sofá, Gary se sentó en la silla de enfrente. Puse la radio. A pesar de que hacía meses que ella se había marchado y se había llevado sus trastos, todavía quedaban rastros suyos por allí; un guante, una bufanda, un póster que había comprado pegado a la pared, las muñecas rusas esas que compramos en Covent Garden. La presencia de tales artículos siempre fue de gran importancia en los momentos de estrés. Ahora resultaba abrumadora. Gary y yo nos sentamos a beber vodka sin mezcla y a esperar los partes de noticias.

Al cabo de un rato Gary se levantó para ir a mear. Cuando volvió, lo hizo con la escopeta. A continuación volvió a sentarse en la silla frente a mí. Recorrió con los dedos el estrecho cañón. Cuando habló su voz parecía extraña; lejana e incorpórea.

«¿Te has fijado en su cara, Jock?»

«¡Joder, Gal, no tenía puta gracia, pedazo de cabrón estúpido!», le espeté, derramando ira por fin a través de mi miedo enfermizo.

«Ya, pero su cara, Jock. Esa puta cara de chulo putas pederasta camandulero. Es cierto, Jock, la gente cambia cuando les sacas una escopeta.»

Me mira directamente. Ahora me está apuntando con la recortada.

«Gal…, no me jodas, tío…, no…»

No puedo respirar, siento que mis huesos se agitan; de la cabeza a los pies, haciendo que mi cuerpo se estremezca con un ritmo discorde y mareante.

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«Sí», dice, «la gente cambia cuando le sacas una escopeta».

El arma sigue apuntándome. Había vuelto a cargarla cuando fue a echar esa meada. Lo sé.

«Oí que te veías bastante a menudo con mi señora cuando estaba enchironado, colega», dice con suavidad, mimosamente.

Intento decir algo, intento razonar, intento suplicar, pero la voz se seca en la garganta mientras tensa el dedo sobre el gatillo.

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EUROESCORIA

Yo era antitodo y antitodos. No quería gente a mi alrededor. Esta aversión no suponía una enorme ansiedad traumática; era simplemente la madura convicción de mi propia vulnerabilidad psicológica y mi incapacidad para la convivencia. Los pensamientos se hacían sitio a empujones en mi cerebro abarrotado mientras luchaba por ordenarlos de un modo que sirviera de motivación a mi apática existencia.

Para otros, Amsterdam era un lugar mágico. Un verano luminoso; jóvenes disfrutando de los encantos de una ciudad que encarna las libertades personales. Para mí era sólo una sucesión de sombras grises y borrosas. Me repugnaba la aspereza de la luz del sol; rara vez me aventuraba a salir antes de oscurecer. Durante el día veía programas de televisión en inglés y holandés y fumaba mucha marihuana. Rab era un anfitrión poco entusiasta. Sin ningún sentido del pudor me informó de que aquí en Amsterdam le conocían por «Robbie».1

El asco que Rab/Robbie sentía por mí parecía encender su rostro, absorbiendo el oxígeno del pequeño cuarto de estar en el que yo había montado un sofá cama. Observaba los músculos de sus mejillas crispados por la ira reprimida cuando llegaba, sucio, mugriento y cansado, después de un duro trabajo físico, y me encontraba aplatanado frente a la caja tonta, el ubicuo porro en la mano.