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«Ah, él», suelta ella mientras el taco golpea la rayada y se encamina hacia la red del fondo. «Lo van a enchironar otra vez. Yo he vuelto a casa de mi madre.»

Me la quedo mirando.

«Se enteró de que estaba embarazada y se fue a tomar por culo», dice ella. «Andaría en tratos con alguna puta guarra»,

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suelta ella. A mí me entraron ganas de decir: Anda que no lo sé yo, joder; me la quedo mirando a la puta cara.

Pero no digo palabra.

Entonces le sale una voz aguda y rara, como siempre que quiere algo. «¿Por qué no salimos a tomar unas copas esta noche, Johnny? ¿Qué tal si vamos al centro? Estábamos bien, los dos juntos. Todo el mundo lo decía, ¿te acuerdas? ¿Te acuerdas cuando íbamos al Bull and Bush allí en Lothian Road, Johnny?»

«Supongo que sí», digo yo. El caso es que supongo que seguía queriéndola; supongo que nunca dejé de hacerlo. Me gustaba ir al Bull and Bush. Siempre tuve un poquitín de suerte con la tragaperras que tenían allá. Pero probablemente haya una nueva; da igual.

EL ÚLTIMO REFUGIO EN EL ADRIÁTICO1

Nunca supuse, ¡por Dios!, que todo seguiría tan fresco en mi memoria; eso parece perfectamente adecuado con lo que planeo hacer. Quiero decir, casi espero ver a Joan en el barco, poco menos que encontrármela de bruces en cubierta, en el comedor, el bar, o incluso en el casino. Cuando me pongo a pensar en ella de esa forma, se me acelera el pulso y siento vértigo y, normalmente, tengo que retirarme a mi camarote. Cuando hago girar la llave llego a pensar que a lo mejor me la encuentro allí, quizá en la cama, leyendo. Ya sé que todo esto es ridículo, endiabladamente ridículo.

Llevo dos semanas en este transatlántico; dos solitarias semanas. Cuando uno se siente como yo, el espectáculo de la gente pasándoselo bien puede llegar a ser tan doloroso, tan insultante. No hago otra cosa que deambular por el barco; como si fuera en busca de algo. Eso y las pesas, claro. No puedo esperar encontrarme a Joan aquí; seguro que no. No me puedo relajar. No puedo tumbarme en cubierta con Harold Robbins o Dick Francis o Desmond Bagley. No puedo sentarme en el bar y emborracharme. No puedo tomar parte en ninguna de esas conversaciones banales sobre el tiempo o el itinerario. Ya me he salido de dos películas a mitad de proyección. Otra vez muerto, con ese tipo británico que hace de detective americano. Horrorosa. Había otra con el americano ese, el tío de pelo canoso que antes era gracioso pero que ahora ya no lo

1. «The Last Resort On The Adriatic». Se trata de un juego de palabras entre resort, «punto de veraneo», y resort, «recurso». (N. del T.)

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es. Quizá sea yo: hay muchas cosas que ya no me resultan graciosas.

Voy a mi camarote y preparo la bolsa de deporte para otra excursión al gimnasio. El único bendito lugar al que tengo algún interés en acudir.