Back The Acid House

Pasa a la habitación y me mira con tristeza, sacudiendo la cabeza con la barbilla sobre el pecho. «Tu madre dice que has estado metido en líos. Con las drogas esas y demás. Yo le dije: Nuestro Graham, seguro que no.»

«La gente exagera, abuela», dije, mientras un espasmo de dolor me atravesaba los huesos, y un tembloroso estremecimiento delirante hacía que mis poros disparasen una excreción de sudor rancio. Mierda mierda mierda.

Reaparece desde la cocina, asomándose como un arrugado muñeco de una caja de resorte. «Eso pensé yo. Le dije a mi Joyce: Nuestro Graham no, tiene más cabeza que todo eso.»

1. Jugador del Hibernian F. C. de Edimburgo (Hibs, de hinchada católico-irlandesa). Syme es un jugador del Glasgow Rangers. Ibrox es el estadio de los Glasgow Rangers (de hinchada protestante), por lo que los encuentros entre ambos equipos aunan a la rivalidad entre Glasgow y Edimburgo el fanatismo sectario. (N. del T.)

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«Mamá es una exagerada. Me lo paso bien, abuela, no digo lo contrario, pero las drogas ni tocarlas, eh. No necesitas drogas para pasarlo bien.»

«Eso es lo que le dije a tu madre. El chico es un Abercrom-bie, le dije, trabaja duro y juega duro.»

Mi apellido es Millar, no Abercrombie, ése es el de mi vieja. Aquella perra parecía creer que llamarle a alguien Abercrombie era el mayor galardón posible al que se podía aspirar; aunque si lo que uno pretende es demostrar su maestría en alcoholismo y hurto, ése podría muy bien ser el caso.

«Sí, vaya basca los Abercrombie, ¿eh, abuela?»

«Ya lo creo, hijo. Mi Eddie -tu abuelo- era igual. Trabajaba duro y jugaba duro, y jamás pisó la tierra un hombre mejor. Nunca dejó que pasáramos un agobio», dijo sonriendo con orgullo.

Agobio.

Tengo las herramientas en el bolsillo interior. Aguja, cucharilla, bolas de algodón, mechero. Lo único que me hace falta son unos granitos de caballo, y después añadir agua y ya está. Mi pasaporte estaba dentro de esa lata.

«¿Donde está el retrete, abuela?»

Pese al reducido tamaño del piso, insistió en acompañarme al cagadero, como si fuese a perderme por el camino. Hizo aspavientos, cloqueó y pedorreteó como si nos estuviésemos preparando para ir de safari. Intenté echar una rápida meada pero no pude, así que me interné sigilosamente y de puntillas en el dormitorio.

Levanté el cubrecama que colgaba hasta el suelo. La vieja y enorme lata de galletas con la imagen del Palacio de Holyrood estaba perfectamente a la vista, debajo de la cama. Era ridículo, un acto de absoluta estupidez criminal tener aquello allí sin más, en estos tiempos que corren. Estaba más convencido que nunca de que tenía que darle el palo. Si yo no lo hacía, lo haría algún otro. Sin duda preferiría que me quedase yo con el dinero antes que un desconocido, ¿no? Si no me llevaba la pasta, estaría permanentemente preocupado. De todas formas, tenía previsto desengancharme pronto; quizá conseguir un empleo o ir a la universidad o algo así. La vieja perra se vería resarcida, ya lo creo. Ningún problema.