Back Historia de la estupidez humana Save as PDF
Chapters (59)
  1. IMPRIMIR
  2. elaleph.com
  3. INTRODUCCIÓN
  4. ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
  5. IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
  6. 2.
  7. 3.
  8. 4.
  9. 5.
  10. 6.
  11. 7.
  12. 8.
  13. 9.
  14. IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
  15. 1.
  16. 3.
  17. 4.
  18. 5.
  19. 6.
  20. 7.
  21. 8.
  22. 9.
  23. IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
  24. 2.
  25. 3.
  26. 4.
  27. 5.
  28. VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
  29. 2.
  30. 3.
  31. 4.
  32. 5.
  33. 6.
  34. 7.
  35. 8.
  36. VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
  37. 2.
  38. 3.
  39. 4.
  40. 5.
  41. VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
  42. 2.
  43. 3.
  44. 4.
  45. VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
  46. 2.
  47. 3.
  48. 4.
  49. 5.
  50. IXLOCURA ERÓTICA1.
  51. 2.
  52. 3.
  53. 4.
  54. 5.
  55. 6.
  56. XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
  57. 2.
  58. 3.
  59. FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN

Seis semanas después, llegaron los primeros formularios, en los que se exigía el pago de impuestos sobre los ingresos del negocio. Pero la señora Stephens continuaba en su puesto de telefonista. Aún no había hallado local. Telefoneó a la oficina de impuestos y explicó la situación. Fue inútil. Seis semanas después (y desde entonces con matemática regularidad) llegaron nuevos formularios, exigiendo el pago de los correspondientes impuestos. Finalmente, llegó un cálculo concreto. El negocio, afirmábase, producía 500 libras anuales. Correspondía pagar el primer semestre de impuestos, es decir, 112,10 libras. Cuando la señora Stephens protestó, señalando que era imposible gravar un negocio inexistente, se le indicó firmemente que eso estaba fuera de la cuestión; se había realizado un cálculo, y lo único que podía hacer era apelar la estimación practicada… y dentro de los veintiún días, pues de lo contrario se vería obligada a pagar el impuesto total.

Quizás G. B. Stern estuvo en lo cierto cuando dijo: “El recaudador del impuesto sobre la renta posiblemente es un tiburón, aunque yo jamás lo he visto, ni como pez ni como ser humano; pues sólo me he relacionado con una colección de formularios en sobres especiales, cuya repelente transparencia permitía distinguir mi nombre y dirección en el encabezamiento de la carta”.

Los funcionarios de la aduana, pilares de la honestidad y sin duda hombres de considerable capacidad intelectual en la vida privada, también sufren la letal influencia del burocratismo. De lo contrario, ¿cómo explicar el triste caso del agricultor galense que poseía un magnífico rebaño de ganado Suffolk? Solicitó una licencia para exportar varios animales. Fue concedida, “con la condición de que se adhirieran placas de bronce a los cuernos de los animales”.